Sistema anti-robo patrimonial en baño de la AFIP

Dilema para bibliófilos: cómo obtener placer de un libro sin cuerpo

http://tiempo.infonews.com/notas/dilema-para-bibliofilos-como-obtener-placer-de-libro-sin-cuerpo 

LA ERÓTICA DE LOS LIBROS DIGITALES 
De los objetos de nuestra vida cotidiana, pocos condensan tanta complejidad como el libro. Dicha herramienta es mucho más que el medio o soporte a través del cual una idea o un cúmulo de datos pasan de la mente de su gestor a la del lector. Al decir de Borges, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación, y esa característica lo distingue de otros instrumentos de nuestra cultura. La capacidad material del hombre para volver a su universo físico y simbólico algo comunicable, reproducible y catalogable –por elegir unas pocas virtudes cacofónicas– encuentra una de sus formas más acabadas en este objeto, convirtiendo una cantidad determinada de tinta y páginas en un tesoro cultural inmenso. Aunque circule en el imaginario social como un bien de consumo intelectual, el libro, en tanto resultado de un proceso editorial, llega a nuestras manos con un plus que se inscribe en el plano afectivo; sirva de prueba el cariño que uno tiene por ciertos ejemplares. Los motivos de esa bibliofilia son disímiles; quizás un título fue el elegido por nosotros como compañero de viaje, o el afecto se deba a que nos lo regaló alguien especial. Los causales desafían cualquier lógica que esté basada en el contenido del libro, y a la vez sería imposible trazar una distinción precisa entre las palabras, la impresión de estas en el papel donde se plasman, las sensaciones de la lectura, las hojas como soporte aprisionadas en dos tapas y la liberación mental que genera un texto revelador. Lo material del libro se funda entonces con el contenido que encierra y, a su vez, este se enlaza con un abanico infinito de cuestiones circunstanciales, personales, azarosas, aportadas por la subjetividad del lector y su contexto. Descomponer en partes, expositivamente, todo aquello que hace a los libros no es más que plantear la pregunta sobre la biblo-essentia: ¿la esencia reside en lo circunstancial, en lo manifiesto del libro; o es, por el contrario, aquel núcleo ideal existente más allá de toda manifestación temporo-espacial? Dicho con otras palabras: ¿el libro es aquel objeto en mi biblioteca que puedo agarrar para leer y subrayar, o –por el contrario– son las letras que conforman la obra, trascendiendo lo puntual de una edición y el trato que le den las manos que lo sacan del estante? Estas preguntas, traspolables a cualquier objeto que se preste a la discusión filosófica entre aristotélicos y platónicos, cobran cada vez mayor profundidad a la luz de nuevos soportes, como son los denominados e-readers, que reinventan y reinauguran las concepciones bibliológicas tradicionales y nuestra forma de relacionarnos con los contenidos. Gracias a las pantallas y prescindiendo por ellas del papel, tomó por primera vez forma, hace ya varios años, la tríada hombre-computadora-escritura. A través de la pantalla que media la experiencia y que –según el sociólogo Manuel Castells– se convierte en la experiencia misma, la relación con lo escrito cobra una nueva dimensión en donde el objeto físico libro se desvanece, siendo absorbido, convertido en puro texto, en un detrás-de-la-pantalla. Habiendo pasado varias décadas de esta primera forma de mediación, el mercado hoy desembarca en las vitrinas argentinas con los denominados e-readers. Si bien esta tecnología tiene unos cinco años de vida, en nuestro lado del globo está tomando mayor peso recién en el último tiempo. Estas máquinas lectoras de libros están compuestas por una pantalla electroforética, comúnmente llamada de tinta electrónica, la cual fusiona libro y pantalla en un material que no es una clásica pantalla pero tampoco es papel: a diferencia de las tradicionales, la de estos dispositivos es opaca y no refleja la luz ambiental; además consumen muy poca energía, por lo cual pueden volver autónomo, por casi tres semanas, al aparato. Contando algunos modelos con conexión wifi y permitiendo también señalar y guardar lo importante del texto, las facultades de estos dispositivos los hacen ganar cada vez más terreno entre los lectores, quienes ahora pueden cargar en su equipaje cientos de libros de manera digital, almacenándolos en una única y liviana pieza de ingeniería electrónica. En una paradoja sólo aparente, uno de los máximos impulsores de este tipo de tecnología es el máximo vendedor de libros por Internet, el portal Amazon, que al fomentar el desarrollo de estos soportes consigue vender libros digitales para ser leídos sobre estos artefactos que, mayoritariamente, también serán vendidos por la misma empresa, puesto que, hoy por hoy, los e-readers de Amazon, llamados Kindle, son los primeros en ventas, liderando el mercado por encima de los productos Sony o BQ. Todavía es muy pronto para saber el alcance y la hondura que los e-readers tendrán como objetos en la cultura. Sería apresurado suponer una futura extinción del libro de papel y hueso frente a los lectores digitales pero es innegable el avance que esta nueva tecnología va tomando. Las preguntas sobre qué prevalecerá o sobre qué formato es mejor o más cómodo probablemente vayan contestándose poco a poco, año a año, en el futuro inmediato. Lo cierto es que aquellos interrogantes que excedan el hábito intelectual se imbricarán sobre la esfera afectiva: ¿es posible experimentar cariño, sentir afecto, por un libro que toma existencia al ser reproducido sobre la misma pantalla que otros?, ¿qué erótica, qué sensaciones, posibilita la mediación y la invisibilización de un objeto, ahora vuelto genérico e inespecífico? Todo objeto tiene la virtud de volverse fetiche, de volverse parte de la vida emocional, aun los incorpóreos, o eso es al menos lo que puede intuirse frente al hecho de que, habiéndose reducido considerablemente la costumbre del envío y la recepción de aquel tipo de cartas escritas en clave afectiva, en la actualidad existe gente que guarda mails del mismo tenor en sus casillas. Cada objeto, cada soporte, es testimonio de su tiempo. Si Theodor Adorno y Tomas Mann hubiesen nacido más entrado el siglo, quizás hoy podríamos contar con un libro que publicara sus intercambios de mails. Sería una necedad desestimar dicha posibilidad, aun cuando en el imaginario social todavía puje la sensación, cada vez menos intensa, de que una publicación de correspondencia postal sería más real o verdadera que aquella sobre un intercambio virtual. El libro sobre un intercambio de mails será testimonio de aquí al futuro. Testimonio a ser leído, quizás, en un e-reader.

Etelvina

Calor

Ser un buen cibervecino en el barrio de la Web

http://tiempo.elargentino.com/notas/ser-buen-cibervecino-barrio-de-web

Qué decir, cuándo y cómo. Qué comportamiento es esperable, dónde y por qué. Vivir en sociedad supone un aprendizaje profundo de normas que coercionan desde el silencio de lo obvio, y que, de forma más o menos explícita, se aprenden desde la infancia. Palabras, modales, conductas, roles. En suma, el planteo durkheimniano de la educación deviniendo en socialización. El que bien aprende, bien se integra. Más por necesidad que por deseo, todos fuimos aprendiendo nuevas palabras a partir del atravesamiento de la tecnología en la vida diaria. “Play”, “Forward” son palabras que a cualquiera que haya tenido en mano un control remoto le resultarán conocidas. El mismo avance de la tecnología desdobló nuestra cotidianeidad a partir de Internet y todo un repertorio de nuevas palabras, como modem o wifi, invadieron el vocabulario. Y día a día se suman nombres: Fotolog (ahora en desuso), Facebook, Twitter e incluso la palabra Blog, servicios que se agrupan bajo la categoría de Redes Sociales. Estas herramientas virtuales tienen un componente social fundamental y ello las diferencia de los objetos físicos como cámaras o teléfonos, ya que exceden el mero On/Off en la activación o desactivación de sus funciones: sus componentes son más complejos porque un correcto o incorrecto uso implica también una armónica o conflictiva convivencia virtual, un ser parte o quedar excluido. Al adentrarnos en este escenario nos topamos con un universo en donde no se trata de aprender para qué sirve cada instrumento en vistas a un fin exclusivamente comunicacional –entendiendo comunicación como intercambio de información–, ya que existen verdaderas sociedades virtuales que en su compleja dinámica crean culturas, en cuanto crean sentido, significancia, a ese mismo entorno virtual. La masivización y la frecuencia de uso de estas herramientas generan de modo constante, entre los grupos de usuarios, elementos nuevos, muchos por mera diversión, que resultarán incodificables a quien venga del afuera. Dar con la clave para decodificarlos requerirá de una etnografía de lo virtual; por ello, he aquí algunos apuntes para quien quiera iniciar el viaje y relatar los nunca Tristes Trópicos de Internet: -El zoólogo Richard Dawkins formuló, en la década de 1970, el término “meme” para referirse a una unidad transmitible de información cultural. En la Web este mismo término es tomado de una manera particular, siendo una imagen, video o frase la que se repite cómicamente –de forma similar a los conocidos gag de TV–.Al tomar contacto por primera vez con un meme de Internet, el extranjero no lo comprenderá, porque gran parte de la gracia está en la misma y mera repetición. Un solo meme no es, categorialmente, un meme; lo es a partir de la viralización que este tipo de chistes pueda tener. Será meme cuando esté acompañado de muchos otros memes. A partir de un programa de edición de imágenes, por ejemplo, se podrá cambiar un rostro y ponerlo en otro cuerpo una, dos, 100 veces, y eso será un meme. Hacer una secuencia con una misma foto cada vez con más zoom, y aplicar el mismo proceso a fotos similares pero no iguales tres, cuatro o 1000 veces será otro meme. El meme es parte y nació en la cultura de foros, luego se extendió a blogs y a Tumblr (otra plataforma). -En un foro de Internet es importante no spoilear (castellanización de spoil, entendido como echar a perder algo, como contar el final de una película a quien no la vio), y en Taringa es valioso no colgar noticias polémicas, para evitar el forobardo; preservando en ambos casos la homeostasis emocional de la comunidad. -Las frases que se indican en ciertos espacios virtuales como “El blog se alimenta de comentarios” y “No alimente a los trolls”, parecen carteles de un zoológico extraño, sugerencias sin sentido; pero un usuario conocedor de la cultura que se despliega en los blogs sabe que el blogger escribe para ser leído y necesita algún tipo de feedback por parte de los lectores (de ahí el sentido de la primera frase); y cualquier forero sabe que todo intercambio de opiniones serio y respetuoso puede volverse lo contrario ante la participación de ciertos personajes, los trolls, que sólo buscan provocar, desvirtuando el diálogo entre los participantes, desviando el eje de la discusión y de la atención hacia su propia persona, nutriendo su figura con las respuestas de otros miembros ante sus injustificados dichos (de ahí el sentido de la segunda frase). Internet es un universo en expansión. En su movimiento, los usuarios generan leyes con el peso de la física, con la abstracción del símbolo y organizan la materia: las conductas, sean de acción u omisión, con seguridad, se vuelven reprochables o esperables –como dejar comentarios o ignorar a los trolls–; una práctica se repetirá, abstrayéndose en su conversión a concepto –como en el caso de los memes–; en Twitter, a través de los #hashtags, la información buscará ser agrupada, tras un numeral, en una palabra clave que condense el tópico en cuestión y permita rastrearla; y los usuarios de distintas redes integrarán grupos de acuerdo al tipo de uso y experticia en el manejo técnico de las herramientas virtuales, yendo de los denominados newbies (usuarios novatos) a los leechers (leech es sanguijuela en inglés, usuarios que se limitan a tomar lo que otros aportan a la comunidad, sin colaborar). Cada red tiene su singularidad. En 4Chan, por ejemplo, la solapada preferencia sexual de unos pocos usuarios llevó a la creación de un simpático meme llamado Pedobear, la imagen de un oso al que se lo ve acechando niños, como modo de burlarse de aquellos participantes que buscan y comparten material pedófilo. En esta nova creativa cada vez más elementos del universo cultural virtual pasan al real: hoy, se sabe que el emoticón o smiley es un conjunto de caracteres que manifiesta un estado de ánimo y que es un elemento más del mensaje. Tal vez mañana, dentro de las categorías de chistes, se consideren a los de Jaimito, los verdes y los de salón junto a los memes. <

Fantasmas en el Hospital de Clínicas

Un aspirante a cazador del escurridizo conejo freudiano

http://tiempo.elargentino.com/notas/aspirante-cazador-del-escurridizo-conejo-freudiano

Asestando su mira interrogativa a un blanco un tanto menos etéreo pero no por ello menos esquivo que en su célebre obra Tratado de Ateología, en donde dispara contra los monoteísmos, Michel Onfray carga sus tintas esta vez contra el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. La intención de Onfray en El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana es mostrar al psicoanálisis como un invento, una construcción, surgida de la cabeza de su propio creador y que sólo puede servir para explicar acabadamente la psicología de su pensador. Así, según el filósofo francés, conceptualizaciones como por ejemplo el Complejo de Edipo dan cuenta de la biografía de “Sigi de oro”, como era llamado por su madre el neurólogo vienés, antes que ser un constructo universalizable a la psiquis de todos. La arremetida no se limitará sólo a eso y para su exposición encarará distintos frentes, en un intento por atrapar a esa escurridiza presa que los psicoanalistas sacan de la galera para sus trucos de magia. Al conejo freudiano se le espetarán, entonces, municiones de diverso tipo y calibre a lo largo de casi 500 páginas, en las que se intentará echar luz sobre un psicoanálisis que en sus orígenes se evidencia como falaz y tendencioso, marcado en su filosofía por un fuerte pesimismo, políticamente conservador. Se mostrará, además, a Freud como un neurótico grave, esotérico, sin reacción ante los avances del fascismo y el nazismo, hijo edípico, marido adúltero y padre con deseos incestuosos, un hombre resentido, egoísta, codicioso y, quizás lo más importante, como un mentiroso.
No es la primera vez que se ataca al psicoanálisis y a su inventor. El caso más difundido en los últimos años tal vez sea el desabrido Libro negro del psicoanálisis, en donde de manera heterogénea, con muy variada calidad argumentativa y una pizca de lobby a favor de las Terapias Cognitivo-Conductuales, la mezcla de unas cuatro docenas autores intenta terminar con la vida del mismo animal que Onfray, a través de una receta editorial que, aunque anunciando apresuradamente el supuesto logro ya en el título de tapa, abarca mucho y poco aprieta.
Lo cierto es que desde hace tiempo se abrió la temporada de caza de las criaturas teórico-mitológicas que habitan en las madrigueras del inconciente, y aunque esta pueda parecer una práctica salvaje y sin reglas, hay que saber juzgar cómo cada practicante la ejerza. Por ejemplo: desviarse hacia el padre de la bestia, apuntar a la persona es, como se sabe desde la lógica, una falacia (ad hominem) y por lo tanto las indiscreciones de un autor no invalidan su obra. En ese sentido, la psicobiografía que despliega el ateólogo sobre Freud, no dice tanto de su validez como de su historia, no refuta ni confirma nada, sino que, a lo sumo, esclarece la génesis ideica. Lo rescatable de esa línea de análisis es que pone al descubierto la parcialidad de los hagiógrafos –celosos transcriptores de la palabra divina– como se lo denominará en el libro a Ernest Jones, biógrafo oficial de Freud. Una empresa más feliz sería calibrar la crítica, poniendo bajo tela de juicio a la teoría, su clínica y el corporativismo gestado tras ella, lo que supone un deber para todo pensador que intente arribar a un mínimo de certezas y no se contente con las versiones oficiales. Por suerte, Michel Onfray muestra que pese al desatino de la psicobiografía, él también es de esta ralea con precisión cuestionadora y compensa, parcialmente, el trastabilleo. Así, valiéndose de la inspiración filosófica que, al igual que su tocayo Foucault, reconoce en el tridente deconstructivo Nietzsche-Marx-Freud, empuña el cetro de Poseidón y arranca de forma provisoria la punta psicoanalítica propiamente dicha (no biográfica) para ponerla bajo lupa. Su potentísima crítica interrogará el ahistoricismo de las conceptualizaciones psicoanalíticas, los supuestos éxitos terapéuticos de la práctica, el manejo sucio y corporativo de la cúpula institucional, su posicionamiento político con los poderes de turno, y más. Otros señalamientos del francés resultan muy pertinentes para evidenciar el incuestionable crédito conceptual adeudado por el psicoanálisis con autores como Nietzsche, conexión jamás debidamente reconocida; omisión que se explica por las aspiraciones de un hombre que, renegando de la tradición filosófica, intentó ser reconocido como un científico hecho y derecho: esa es la hipótesis onfrayniana central sobre Freud.
Las respuestas no tardaron en hacerse escuchar. Élisabeth Roudinesco salió al cruce del libro con uno propio llamado ¿Por qué tanto odio?, en donde se limita a refutar unas contadas erratas (fechas, ediciones), además de hacer otra psicobiografía en donde tilda de antisemita a su contrincante. Es decir, se centra en poco, en lo menos importante, y de la manera menos adecuada.
Ni las críticas de Onfray ni el grupo de contraofensivas son concluyentes. Es decir, el primero cuestiona a alguien fallecido en 1939 y lo que este teoriza, y a su vez reivindica a Herbert Marcuse y Wilhelm Reich entre otros, considerados muchas veces como psicoanalistas apócrifos del corpus doctrinal por los del segundo grupo, que evidencian un psicoanálisis, hoy por hoy, fraccionado en distintas instituciones que hacen decir a Freud lo que para cada caso es más conveniente. Estos son los más escandalizados con una crítica que es poderosa en tanto sirve como herramienta para poner en duda lo instituido. Algunos volvieron al psicoanálisis su negocio y buscaron en su creador, post mortem, un sello de autenticidad. Desde la muerte del fundador, las pujas por legitimar cuál sería el verdadero psicoanálisis no cesaron y llevan ya dos o tres generaciones de involucrados. Con la hegemonía del psicoanálisis de corte lacaniano, desde Alain Miller, yerno de Jacques Lacan, contestando en 2006 al Libro negro del psicoanálisis con su Anti-livre noir de la psychanalyse, hasta Roudinesco en su tibia respuesta a Onfray, quienes se presentan como defensores de Freud no son psicoanalistas que se jacten de ser freudianos sino que su papel de interlocutores busca cortar de raíz cualquier movimiento crítico que, en un futuro, les pueda representar peligro. Quizás en un próximo libro el ateólogo les dé más motivos para estar inquietos, pero lo cierto es que aquí se mete sólo con Freud.
Esta última obra onfrayniana está dedicada a Diógenes de Sinope. Al igual que el cínico griego, el filósofo francés invita a despojarse de lo innecesario como, en su caso, hace con Freud (con quien en un primer momento se sintió deslumbrado). Despojarse de las certezas y reivindicar la duda es un requisito necesario de toda disciplina. Sin negros ni blancos, sin bandos, sin malos ni buenos. En esa dirección se mueve Onfray.

La inmovilidad absoluta en lugares insólitos como una de las bellas artes

http://tiempo.elargentino.com/notas/inmovilidad-absoluta-lugares-insolitos-como-una-de-las-bellas-artes


En estas últimas semanas tomó notoriedad en los medios una curiosa tendencia denominada Planking. “Plank” significa “tabla” en inglés, y practicar “Planking” implica fotografiarse en posición horizontal, inmóvil, rígido como un tablón, en los lugares más insólitos, como el techo de un auto o el pasillo de un supermercado. Mientras más extraño y de difícil acceso o permanencia sea el lugar, mejor. Luego se comparte la foto a través de Internet, en foros o grupos de Facebook. Esa es la esencia de esta práctica, que no es nueva. El australiano Matt Fernández dice haberla inventando hace siete años, aunque mantiene una disputa con otros compatriotas que también se adjudican la invención.
En Inglaterra, a su vez, en un intento por combatir el aburrimiento, Gary Clarkson y Christian Langdon crearon hace 14 años el denominado Lying down game, el juego de recostarse, con características similares al Planking, que no tardó en popularizarse entre sus amigos y vecinos. Estas dos prácticas, que en definitiva son la misma, lograron masivizarse a través de las redes sociales, en especial de Facebook. Hoy por hoy, esta tendencia va recorriendo Europa y la inmovilidad de sus practicantes comienza a inquietar al mundo entero. ¿Por qué ahora y no antes, siendo que desde hace años existe el Planking? La causa es un desafortunado hecho ocurrido el pasado 15 de mayo. Esa madrugada, el veinteañero Acton Beale murió al caer desde un balcón en los suburbios de Brisbane, Australia, cuando intentaba recostarse sobre la baranda para lograr una foto de Planking.
La muerte del joven funcionó como un llamado de atención sobre los plankers. Medios de todo el mundo transmitieron la noticia con sorpresa e indignación ante esta muerte “sin sentido”, y hasta la premier australiana, Julia Gillard, salió a desalentar la práctica. Si pensamos que el Planking es una tendencia que, con discreción, fue sumando cada vez más adeptos en los últimos años y además lleva a que exista gente capaz de arriesgar su vida e incluso morir por una foto, entonces caratular a esta actividad como “sin sentido” es no intentar entenderla.
Quizás sea cierto que, de manera aislada, este juego de acostarse boca abajo sea un absoluto interrogante que parece no ofrecer pistas, pero tomando una práctica deportiva opuesta, el misterio empieza a caer. El Parkour es otra tendencia urbana, aunque mucho más masiva (existe incluso en la Argentina), que consiste en moverse de un punto a otro de un plano con la mayor fluidez posible.
Saltar de la terraza de un edifico a la del otro, rebotar por paredes y escaleras son imágenes lo suficientemente claras como para considerase opuestas a la inmovilidad del cuerpo sobre el piso, a la espera del flash.
Si bien ambas tendencias comparten el terreno urbano como campo de juego, mirando una y otra vemos que una requiere de destreza en el movimiento y la otra no, que una implica acción y la otra inacción. De manera objetiva, la habilidad requerida para saltos, piruetas y caídas es mucho mayor que la necesaria para permanecer quieto. Y también es mayor el peligro.
Pueden plantearse dos preguntas a partir de esto. Primero: ¿Es sólo la muerte de Acton Beale lo que enciende la alarma sobre el Planking? Y en contraposición: ¿Es sólo por su espectacularidad y belleza que el Parkour no despierta el miedo a que ocurra una desgracia?
Ver un ejercicio de Parkour despierta admiración. Quienes corren, saltan y trepan muros son artistas, son atletas muy singulares. Son sujetos que en un intento de autosuperación –este es el espíritu del deporte– logran con sus cuerpos un despliegue visual de armonía y fundición con el medio urbano.
El efecto conseguido a través del Planking es bien distinto. El cuerpo de un planker parece arrojado al piso, parece caído o dejado de manera casual sobre una superficie nunca pensada en su funcionalidad para sostener a esa persona. Así, el cuerpo recostado en el suelo no parece ser el cuerpo de un sujeto, de un hombre. Es más bien un cuerpo desubjetivado, borrado de su singularidad. Y las partes de este cuerpo no quedan dispuestas libremente sobre la superficie, al contrario: los hombros permanecen rígidos, los brazos y las manos sobre el costado, la nariz contra el pavimento. En las fotografías vemos una silueta con forma humana pero con un comportamiento diferente, sin mirada ni expresión. Más bien recuerda a un maniquí o un robot puesto allí por alguien con o sin intención, quizás olvidado. El rechazo en quienes son ajenos al Planking podría explicarse por una hipótesis sostenida en el campo de la robótica llamada Uncanny valley (valle extraño o inexplicable) según la cual, cuando un robot parece y actúa casi pero no a la perfección como un ser humano, eso provoca una respuesta de rechazo en el hombre. Mientras más se parezca, más simpatía generará, pero mientras más se acerque sin llegar a conseguirlo del todo, el efecto que emergerá será de extrañeza. Esta idea es compatible con el concepto freudiano de das unheimliche (“lo ominoso”), que explica la incomodidad ante aquello que resulta familiar y ajeno a la vez.
Otro arte urbano, el baile callejero, incorpora desde hace años este juego del hombre-máquina, con un movimiento muy popular denominado “el paso del robot” (llamado en menor medida del maniquí). En el Planking, el cuerpo y el lugar urbano son familiares, además en el contexto de la globalización cualquier elemento urbano resulta conocido, la forma de articulación de ambos es lo extraño. La foto se convierte en postal de una escena en donde el cuerpo es un elemento disonante en el paisaje, es resto de humanidad, representa incómodamente lo humano sin serlo. El planker es el sujeto que excede lo que muestra la foto y a la vez no, es sólo ese cuerpo. Lo humano queda del otro lado de la pantalla, frente a la computadora, disfrutando y compartiendo la imagen. Lo perturbador es que el Planking pretende alcanzar la singularidad borrando todo rastro de subjetividad. Y lo logra.

Tumblr: Pulsión Escópica

En un intento por organizar la infinita cantidad de imágenes que uno saca de internet y sumado a la posibilidad de compartirlas, inauguro un Tumblr bajo el nombre de Pulsión Escópica. Queda el link sobre la derecha del blog.

Síntesis

En el vidrio de una cantera popular estaba pegada esta imagen. El Topo Gigio, el ídolo de todos los niños junto a Ben 10.
Después uno se pregunta por qué Ricardito busca imitar a su papá. La cosmovisión radical no llega a integrar siquiera a la década de los 90', está clavada en el ochenta y pico. ¿Qué esperar entonces?.