Lo último: por dónde empezar
Hoy me vi discutiendo sobre, precisamente, las discusiones. El principal problema al discutir surge de creer que lo que sale de la boca del otro son argumentos, cosas que se cierran sobre sí mismas (que llevan un sentido en ellas mismas) y que pueden o no articularse con otros argumentos que son piezas en el ajedrez retórico. Por ejemplo, si en una charla surge la cuestión del PBI y alguien tira una cifra y cita una fuente el otro deberá intentar rebatir o superar ese argumento con otro y así. Jamás se cuestiona por qué alguien usa el argumento que usa ni cuándo lo usa ni por qué no usa otro en particular. Lo mismo con la data sobre inseguridad, pobreza, etc. El problema es pensar que se puede convencer a alguien con material “objetivo”. Esto lo hacemos porque suponemos que: a) lo que se pone en juego siempre es material objetivo, b) que el otro también modificará su postura “objetivamente” ante la “evidente evidencia” que nuestros argumentos arrojen porque c) creemos que la falta de consenso sobre un tema se debe sólo a que el otro no conoce lo que nosotros sí. Es curioso que en el día a día nos valgamos de cierto método científico para tratar con el interlocutor, como si este método facilitara el cambio de posicionamiento político. Creemos que para tener una postura, tanto nosotros como cualquier otro somete la realidad a distintos análisis -¿quién termina sometido?-, a la sumatoria de observaciones, a la comparación "neutra" de todo lo que nos rodea. Lo cierto es que no hay nada casual en que alguien se vea afectado, conmovido, movilizado o lo que sea por una temática en particular. Que alguien hable y cite cifras del PBI habla de esa persona, porque tranquilamente podría argumentar sobre Ecología o política de DDHH o cualquier tópico. Cada tópico, cada argumento elegido, es síntoma de uno; considerando al síntoma como manifestación. Que alguien hable de la suba o baja de impuestos para intentar persuadir a quien sea de lo malo o bueno de un gobierno también indica que para ese primero los impuestos en sí tiene suficiente peso como para ser decisorios de un calificativo.
Con mucha soltura podemos, entre quienes consideremos pares, usar argumentos foucaultianos, bourdeauleanos (?), gramscianos, etc porque ahí sí se efectúa cierta dialéctica que permite un cambio de posicionamiento. Pero el cambio se produce porque desde el vamos hay cierta cercanía que propicia y hace posible el movimiento. La cercanía es la de los supuestos básicos que conforman la realidad del hoy por hoy y la realidad pretendida: partimos de la base de que creemos que la Democracia sirve, que no deberían morir chicos de hambre, cosas así. Pero una cosa es el claustro académico y todo lo que ese contexto posibilite, como los interlocutores que allí encontremos para “debatir”, y otra cosa distinta será la vieja de mierda del quinto piso. Cuando la vieja chota nos increpa en el ascensor y nos transmite el parte diario de bajas ciudadanas en manos de negros de mierda con una memoria prodigiosa para el morbo que parece desafiar cualquier Alzheimer, uno sabe que tiene que hacer a un lado todos los libritos, esquemas teóricos, citas de autores y otras armas de nuestra batería argumental y, en caso de que contemos con muchas ganas y aguante estomacal, empezar la hercúlea tarea de aleccionamiento o, en el peor de los casos, de distanciamiento ideológico para que la buena anciana sepa que nosotros no opinamos que hay que matarlos a todos ni deseamos prender fuego nada. La sarmientina tarea consistirá entonces en educar al soberano…al soberano hijo de puta. Entonces hacemos a un lado los nombres y con la mayor de las simplezas, pero siempre encarnando el mismísimo Saber, nos paramos frente al problema que, en este caso puntual, podemos calificar como El problema de la inseguridad.
Como somos metódicos iremos de lleno a las Causas. Y aquí ya nos encontramos siendo doblemente ingenuos: por un lado usamos el método científico que, creemos, nos ayudará a consolidar nuestra posición y hacerla prevalecer como La Verdad; y por el otro nos valemos de una premisa pedagógica o social -que antecede al método- según la cual hablando la gente se entiende o, dicho de otra forma, las personas son permeables a las palabras. Escribo esto y no puedo dejar de lado el gastado refrán en casa de herrero, cuchillo de palo o -dicho ahora desde adentro del claustro- en casa de propietario de biblioteca con autores de ruptura, la retórica cotidiana será acartonadamente Moderna. Entonces, decía, enfrentamos nuestras “causas” (Las causas) contra la Doxa del quinto piso. Obvio que seleccionamos las primeras cosas que nos vienen a nuestra afilada mente porque si no tendríamos que estar hasta las 10 de la noche y así nos perderíamos algún programa de Canal á:
Desde nuestra enarbolada Episteme nos privamos de hacer floreos discursivos para no convertir en apabullante nuestra plétora exposición, y aquí interpelamos a nuestra buena vecina a que nos diga -una vez disparada nuestra intachable exposición- cuál le parece que será la Solución a este problema:
Como vemos, nuestra labia resbala sobre la superficie de la señora porque lleva puesto un pilotín discursivo hecho con retazos de una emocionalidad que le nace por debajo de la piel anclándose en los huesos, realmente constitutiva. Va más allá del discurso que venden los medios, va más allá de lo que sepa “objetivamente” sobre la pobreza y marginalidad, va más allá de la conciencia. Pero cuidado, que cuando en primera instancia uno busca echar culpas a, por ejemplo los multimedios, repite el mismo esquema que la señora en cuestión al hablar de los negros de mierda, La angustia busca ser expulsada y queremos depositarla a toda costa en algún lado. Este es un mecanismo psíquico normal.
El no tan cauto educador antifacista pareciera no percibir que, como primero, tiene que haber una disposición para que ese síntoma sea ese y no otro. De la misma forma y por el mismo motivo él deposita la culpa en corporaciones, políticas neoliberales y políticos corruptos antes que en el pobre. Los dos están supeditados a lo mismo (algo emocional, no-racional) pero la forma que ello toma es distinta, y el desarrollo al que ello lleve también será distinto. Para entender la etiología de un argumento político hay que hacer un recorrido similar al que se haría en la clínica. Acá nos metemos con cuestiones que no siempre saldrán a la luz en las discusiones y por ello mismo no siempre será pertinente meter bocado ante la manifestación, ante el síntoma.
Si tras la puerta de ese quinto piso se encuentra la crianza de una familia donde el esposo fallecido de nuestra vecina fue un militar de alto rango -al igual que el padre de ella- que crió 3 hijos, de los cuales uno fue cura, otro también hizo carrera militar y del tercero no tenemos noticias (esto también señala algo), es bastante probable que si esa misma semana el único nieto de la buena señora fue asaltado en la zona de Quilmes entonces la ecuación -para usar términos consecuentes con nuestra torpe intervención Moderna- le dé por resultado, a esta mujer, un hay que matarlos a todos.
La señora puede no saber, y no tiene por qué saber, de ciencias sociales, de derecho, de pedagogía o simplemente de causalidades pero sabe bien -conciente o inconcientemente- de su dolor. Y si bien posicionarse en el lugar del dolor no da derecho a nada, contrariamente de lo que muchos puedan creer, es un lugar tan válido como el de educador progre. El lugar gozoso de víctima que pide jus-ti-cia y hace pancartas con fotitos de la virgen María es un goce distinto al del Educador poseedor de La Verdad, pero es un goce al fin.
¿Es nihilista entonces plantear esta incompatibilidad entre lo que pueda salir de nuestra boca y la de nuestra vecina? No, ya que de la misma forma en que persuasión y sugestión son herramientas válidas de convencimiento también lo son la empatía y la escucha. Esa es la base para cualquier cambio, siempre. No digo que tengamos que abrazar y poner nuestro hombro ante “su dolor”, tampoco digo que siempre sea posible un acuerdo -esto último dependerá del caso por caso-. Digo que tenemos que estar más despiertos: escuchemos la queja sobre la inseguridad de la misma forma que se escucha el goce en las procesiones hospitalarias que la buena señora realiza entusiastamente todos los días en su afán por tener cada vez algo más de qué quejarse, o riámonos de las elucubraciones con tintes paranoides que esta misma vieja formula sobre el nuevo vecino del cuarto piso, el que es sospechoso hasta de parecer “demasiado normal”, mientras ella nos hace saber -sin saberlo- la fascinación escópico-policial que tiene al dejar todo el día la televisión prendida con la transmisión de la cámara de seguridad de la entrada del edificio. La risa es un una buena opción, al final de cuentas la vieja busca lo contrario. Con la misma lógica, si al realizar un trámite en alguna dependencia de Nación nos atiende un administrativo maltratador que busca provocar y despliega todo su sadismo lo mejor que podemos hacer es despedirnos con un «Gracias, muy amable» sin ironía. Sorprender, descolocar, no dejarse avasallar por el síntoma del otro, saber que quien tenemos enfrente nos está hablando a nosotros a medias porque no somos los verdaderos destinatarios de esa escena y por ello no debemos hacernos cargo de ninguna angustia que allí surja, entender pero a otra escala....de eso se trata. Ponerse en ese lugar no siempre es posible, lo sé, pero es mucho más sano que trinar de bronca. A veces conviene mostrarse indistinto.
Como sea, lo importante es siempre valernos de Foucault: si vienen a cuento, usaremos sus argumentaciones teóricas. Si nos topamos con la vieja del quinto y tenemos un mal día podemos acudir a Vigilar y Castigar, recordando todas las torturas allí recopiladas y, así, alimentar nuestro sano fantaseo sádico que recaerá sobre ella y nos permitirá continuar con nuestro día.