La arrolladora potencia del cuerpo

http://tiempo.infonews.com/2013/03/17/suplemento-cultura-98333-la-arrolladora-potencia-del-cuerpo.php


Cualquier proyecto político busca trascender; ubicarse más allá de los cuerpos, más allá de sus actores. Filosóficamente la trascendencia suele ser entendida como contraria a la inmanencia, a lo que se libera en un aquí y ahora, a lo que liga la esencia con la manera en que esta se manifiesta, como por ejemplo un cuerpo en movimiento. Por este motivo, en el modelo de naturaleza humana propuesto por Baruch Spinoza, el cuerpo constituye lo más propio del sujeto y ocupa en su obra un lugar tan primordial como el espíritu.
Un cuerpo tiene distintas capacidades: su mayor virtud es la de obrar sobre otro, afectarlo. Esta capacidad de afectación tiene dos direcciones, habiendo afectos que debilitan o entristecen y otros que, al contrario, nos hacen más fuertes y alegres, nos potencian.
Spinoza afirma que nadie sabe lo que puede un cuerpo; su potencia resulta desconocida.
Aunque Chávez esté hoy ausente, un cuerpo que con sus movimientos enérgicos, con el torrente de sus palabras, con sus acciones logró fundar un vínculo tan intenso con la gente, multiplica las capacidades de hacer de esos otros cuerpos, de construir, de lograr cambios. El espíritu toma una nueva forma en la multitud. Un líder que supo poner el cuerpo al proyecto, que supo potenciar, es decir, alegrar a su pueblo, tiene la alquimia requerida para convertir a la ausencia en su contrario, de ser presencia hoy, mañana y siempre en cada uno con quien haya entrado en contacto. Lo que verdaderamente trasciende se inscribe primero a pura sensación, en los cuerpos, para pasar luego a la conciencia e inmortalizarse en la historia.


Hoy en Paco

Aburrimiento planetario

http://tiempo.infonews.com/2013/01/06/suplemento-cultura-93990-aburrimiento-planetario.php

Los mayas hicieron mal sus cálculos. A través de investigaciones recientes, la NASA acaba de precisar que la densidad mundial del aburrimiento y su centro de apatía gravitacional colapsarán el 21 de enero. El agujero negro que se generará –dicen– acabaría devorando al planeta. El panorama es predecible: El horror se apodera de algunos, en Estados Unidos aparece una nueva secta preparacionista que acumula armas para agujerear al agujero y en Corea del Sur se crea, y luego se viraliza por el mundo, el videclip Black Hole Style que suma más reproducciones en Youtube que aquel otro del baile del caballo. Siguen las mediciones. Los instrumentos de la NASA señalan variaciones en los valores negativos (es decir, en  el espectro numérico del aburrimiento) que se convierten en positivos ante los picos de diversión que provoca el hit surcoreano y su bailecito. Vuelven las esperanzas a la Tierra, podría detenerse la tragedia si se anula al aburrimiento. Pero la alegría dura lo que dura la gracia de cualquier contenido en Internet: pronto todos se cansan del video. Se busca resolver la situación creando productos de entretenimiento sostenible pero ninguno funciona. En Cabo Cañaveral los números de las computadoras van acercándose cada vez más a cero. Los expertos acuerdan en que la vida se extinguirá en la apatía absoluta. No hay salida. A través de las redes sociales la humanidad se organiza, autoconvocándose en la pirámide maya de Chichén Itzá para esperar el cero catastrófico. Al lugar sólo acude un puñado de personas, para entonces la mayoría ya se aburrió del tema del fin del mundo.


Comuna 6

1.
¿Qué otra sensibilidad se permite
la ciudad
más que la de entregarse a los brazos
mecánicos del camión de la basura?

2.
En su acción devoradora de containers, el mionca besa la boca
de dientes alquitranados:
la negra y gris entrega
de cada pieza
incisivo canino
molar bolsa oscura
de residuo o consorcio,
que volverá a crecer, cada una, cada noche, como diente de leche
                                                                                                     negra
en la cabeza de tacho,
para volver a desdentarlo
en la recogida sobre la vereda de las hadas de los dientes de Caballito.

3.
¡Oh!, despechada de Mauricio,
¿Cuántos cartoneros te desvelan
después de tu ritual
de deliverys, series de Quique Estevanez y acuno de pichones fascistas?, ¿cuántos
paqueros te despiertan
gatillando antes de que puedas formular
que son negros de mierda?

Tu tierra hostil
regurgita cada ofrenda,
partiendo sus labios cuadrados de tacho, escupiendo sus dientes,
crujiendo al tacto del camión,
camión manejado por un negro,
como la bolsa,
como la noche,
como la entrega obsequiada a la rutina.

4.
Rolón pasea a su perro por Acoyte
y no es metáfora
aunque podría
de los consumos culturales y el adiestramiento mental
de mi vecina.

5.
Ella cierra los ojos
y se les llenan de inmensas torres
                                                 contra las que lucha su marido,
en las viven Facundos Arana
que prestan su espalda
al momento del abrazo marital que intenta calibrar
entre los dos
la cuota de satisfacción para la cual
su Banco nunca da
un  2x1.

6.
Los límites geográfico de la Comuna están compuestos
por todos los lugares comunes;
incluso éstos,
los de la composición crítica, satírica, comprometida.
El lugar,
siempre el mismo, como el mío,
que esta vez me tocó asumirlo
con una remera amarilla
que por casualidad o causalidad
-tópico del que habla con otras mamis a la salida del jardín-
no impedirá
-¿cómo podría?-
la repetición, la repetición
mía y de ella,
de su sueño de que alguien le escriba una poesía,
¡oh, Neruda!,
y el mío de revivir viejas tensiones.

Las mil caras del hombre murciélago

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La presencia cultural de Batman como ícono pop es un hecho que no pasa inadvertido a nadie que, en este mundo globalizado, haya vivido en el "aquí occidental" en algún momento de los últimos 70 años, a partir de la creación del cómic, en Estados Unidos, en 1939. Desde entonces el símbolo del murciélago con fondo amarillo se convirtió en una marca de estereotipia superheroica, posibilitando un universo comercial, saltando del cómic a la televisión, después a la pantalla grande y de allí a todos lados, a partir de la masivización que habilitó la versión cinematográfica de principios de los noventa. 
Hubo y hay tantos hombres murciélagos como quienes tomaron en sus manos el arte en torno al enmascarado. En el imaginario conviven de manera no contradictoria, principalmente, las versiones surgidas a partir de la pantalla de los distintos batmen que, de tan diferentes, podrían constituir cada uno un personaje singular: Vale destacar el murciélago que protagonizó Adam West en la serie televisiva de los '60 que, enmarcado en un estética camp, surfeaba y bailaba además de combatir al crimen, y que abrió la puerta a la primer batmanización comercial. En 1989, Tim Burton con su estilo característico plasmó un Batman más oscuro y adulto que, con Michael Keaton como protagonista y con Jack Nicholson como Joker, terminó de asentar al personaje como ícono cultural, dando lugar a una secuela también bajo su dirección y abriendo el camino a otras dos olvidables películas, una de las cuales lo tuvo como productor, empezando la década de los '90 con ganancias para las empresas Wayne (Bruce Wayne es el multimillonario detrás de la máscara) pero terminándola con un personaje devaluado, convertido en un vacío producto hollywoodense.
La última posta cinematográfica la tomó el inglés Christopher Nolan, quien en 2005 estrenó un Batman encarnado por Christian Bale, que se iniciaba en su carrera contra el crimen y reiniciaba la franquicia desde cero para acercarse más a los comics modernos, siendo respetuoso de los verdaderos fans, consiguiendo por resultado a un héroe que toma una profundidad y una coherencia que alcanza su máximo esplendor con la secuela del Caballero Oscuro, donde Heath Ledger funciona de contrapunto perfecto, inmortalizando su carrera en su papel de Joker. Tanto Batman Begins como –y en especial– The Dark Knight obtuvieron cifras monstruosamente grandes para la Warner Bros, alcanzando recaudaciones hasta entonces jamás logradas por películas de superhéroes, y esto sin tener en cuenta la tercera parte de la saga, que se estrenó en Argentina el 26 de julio y sobre la cual aún no se barajan cifras debido a los sucesos que opacaron su lanzamiento mundial. Además de como cierre, The Dark Knight Rises (“El Caballero de la noche asciende”, en Latinoamérica), será recordada como la película en la cual un hombre armado, vestido con ropa militar, entró a una sala de Denver, Colorado, mimetizándose entre los fans disfrazados, sin llamar la atención de nadie, desatando una masacre con una docena de muertos y unos 50 heridos durante la primera función de la cinta, algunos minutos después de que comenzara. Entre los estruendos de disparos y las granadas de humo arrojadas por James Holmes (el doctorando en neurociencias responsable de los hechos), varios de los presentes tardaron entender la situación, creyendo incluso que se trataba de un show con motivo del estreno. 
Tras la detención de Holmes, la venta de armas en los Estados Unidos se incrementó en un 40%; hecho llamativo que, en proporción, no generó tantas notas en los medios como sí lo hizo la supuesta responsabilidad de la “violencia en las películas”; suponiéndose así que las causas de ciertos comportamientos sociales deben buscarse mucho más allá de lo evidente, en una sociedad donde la NRA (National Rifle Association) tiene un peso importantísimo, siendo incluso uno de sus miembros candidato a vicepresidente de los Estados Unidos en 2008 (la republicana Sarah Palin, acompañando a McCain). Adjudicarle a los personajes o a los films de acción la responsabilidad de sucesos de tal magnitud termina por no explicar nada; ese razonamiento, corriéndolo unos grados, podría incluir en su conjunto a Harry Potter o la saga de Crepúsculo, cayendo en fundamentalismos sin sentido.
Batman no usa armas de fuego, ese es el límite ético del personaje, y no mata sino como último recurso, siendo todos los films fieles a ello. La relación comics-sociedad permite muchas líneas de análisis, pero entre ellas debe desestimarse la que lleva a pensar a los superhéroes como agentes de la violencia, ya que antes que eso podría destacarse –por ejemplo– la acción propagandística de las historietas en ciertos contextos políticos como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría o la Invasión a Irak, funcionando los personajes, más bien, como agentes normativizadores del orden interno.
La pregunta que podría surgir entonces, habiendo pasado tantos años desde la creación del personaje de Batman, es si puede hablarse de una misma y única entidad del hombre murciélago, si encarna un único conjunto de valores, si se presta –social, política y culturalmente hablando– a un único y mismo fin. La trilogía de Nolan pone en juego muchos matices al respecto, mostrando un personaje que persigue a los criminales pero también resulta acechado por la policía, que acepta ser injustamente incriminado para proteger órdenes simbólicos superiores, que entiende su existencia como una función social necesaria pero no exclusiva de sí mismo. El director abre el juego para pensar al héroe como lo que todo héroe es: una figura que se presta a múltiples exégesis, dependiendo de quién se tome el trabajo de interpretarlo, mostrando que antropológicamente, el héroe bíblico o el héroe griego no se diferencian en mucho del héroe creado en la modernidad, como producto editorial, que la diferencia es sólo nominal, por el prefijo al que se adosa (superhéroe), prestándose a múltiples hermeneusis como toda obra, al igual que un mito o leyenda. 

Dibujos no sólo para los chicos

http://tiempo.infonews.com/2012/06/10/suplemento-cultura-77972-dibujos-no-solo-para-los-chicos.php


Más de tres décadas han pasado desde aquella primera ola de animación japonesa en la que robots antropomórficos y autos de carrera arribaron a nuestros hogares junto a una niña y su abuelo de los Alpes. Mazinger, Astroboy, Robotech, Meteoro y Heidi fueron las primeras series que llegaron a las pantallas argentinas como representantes de ese género que, aun siendo muy variado, compartía a lo largo de sus títulos una certeza que se transmitía en el televidente: Esos capítulos, esos personajes eran distintos al resto de los dibujos animados. La extraña sensación que provocaba era la carta de presentación del Animé en la Argentina. Por entonces, ese interrogante podía remitir a la estética, a las extrañas historias o a la inclusión de ciertos detalles: Heidi era una pequeña huérfana de padre y madre, Astroboy –animé pionero en la retransmisión local– fue una máquina inventada para suplir al hijo muerto de su creador, y el Barón Ashler, enemigo de Mazinger, tenía dividido longitudinalmente su cuerpo, siendo mitad hombre y mitad mujer. Había algo en el animé que despertó reacciones viscerales en todos los que tomaron contacto con el género.
Sería incorrecto suponer que cada animé tiene una estructura dramática o una temática adulta, pero creer que se trata de simples dibujitos y, por lo tanto, su público debe ser igual de infantil es también errado. Con distintos matices, con distintos grados de explicitación, estos productos japoneses ganaron lugar en la TV ofreciendo algo innovador en estética, diseño de personajes o historias con sutiles agregados que de forma inesperada llegaban al otro lado de la pantalla.
La segunda oleada llegó a la preadolescencia de los hoy treintañeros cargada de reflexivos futbolistas que corrían canchas kilométricas para hacer un gol mientras pensaban en su familia, también trajo a extraterrestres poderosos que buscaban esferas mágicas para salvar la Tierra, y a jóvenes con armaduras chorreando litros de sangre en su intento por salvar a la demoiselle en détresse devenida diosa griega. De nuevo lo mismo pero esta vez el público ya estaba bajo aviso: estos dibujos no eran sólo para chicos. Captain Tsubasa (Los Supercampeones), Saint Seiya (Los caballeros del zodíaco) y Dragon Ball despertaron la misma reacción que los títulos anteriores sólo que década y media después, y en un contexto donde la permeabilidad cultural local era más acentuada y donde una declarada apertura económica –y “carnal”– permitió que revistas de historietas japonesas (mangas), muñecos y merchandising infinito llenaran locales de la calle Corrientes, que pronto se convirtieron en puntos de encuentro para todos aquellos interpelados por la producción nippona. Además, el acceso a Internet permitió conocer que las reacciones despertadas localmente tenían igual repercusión en otros lugares y, por eso mismo, rápidamente pudo socializarse eso que despertaba el animé y que propiciaba distintos tipos de emociones, llevando a los fans, los llamados otakus, a reunirse, a asistir a eventos de tipo fandoms, “reino fan”, en donde la temática giraba en torno a animés o videojuegos –con muchos títulos basados en animé o viceversa–. Allí se organizaban competencias de disfraces de personajes como en el resto del mundo (Cosplay, costume play) que luego posibilitó el teatro cosplay (representando secuencias de dibujos). Más tarde llegaría el karaoke y los grupos que interpretaban covers de las cortinas musicales. La hermandad entre animé y videojuegos permitió también que se sumaran distintas disciplinas que terminaron por convertir a estos encuentros en verdaderas ferias circenses en donde entrenadores de pokemones, magos, y guerreros compraban mercadería de todo tipo y compartían escenario demostrando su fanatismo y su capacidad en distintos rubros artísticos que al masificarse fueron incluyendo elementos como el baile, a través del videojuego de simulación Pump it up, alcanzando centrífugamente diferentes producciones culturales japonesas como el baile ParaPara (danza a ritmo eurobeat en donde se mueven primariamente los brazos). Este universo permitió, además, generar pequeños emprendimientos como los fansubs (la traducción de obras al idioma local) y los fanzines, historias inventadas a partir de personajes conocidos, que circularon y algunos de los cuales fueron consumidos con igual apetito que los originales.
Cada día se organizan más eventos fandom, no sólo en Buenos Aires sino también en ciudades como Rosario y Mendoza. La expansión y crecimiento constante de este tipo de encuentros se explica por la continua incorporación de animés o cualquier material producido en Japón –o donde sea– que se preste a ser adosado, como las series con actores llamadas doramas y la música pop japonesa o surcoreana. La naturalidad con que se interconectan las partes es consecuente con aquello que resulta característico y primario del animé: la apertura a combinar elementos estéticos o de contenido disímiles, contando historias complejas o con delicados ribetes, sin moralina, agregando posibilidades a un formato que el mercado occidental sólo pensó para niños y sobre el cual, más de una vez, usó las tijeras de la censura para darle cuadratura al círculo. Estas particularidades son las que favorecen esa devoción que sienten los otakus por sus series, puesto que muestran de forma más o menos velada facetas humanas de lo más disímiles en una misma cinta, desde vergüenzas o fantasías sexuales hasta sueños de grandeza o de venganza. Estos productos se ofrecen como sandbox (arenero, un género de videojuegos) donde el televidente –y más si es adolescente– podrá entretenerse mentalmente experimentando con situaciones, personajes, tópicos y estéticas siempre distintas: lo más humano, lo más íntimo, toma aquí lugar como espacio de libertad. Lo complementario, lo contradictorio, lo inconfesable en un mismo sitio: protagonistas que comienzan siendo niños y terminan la historia como abuelos aunque sin envejecer demasiado (Goku en Dragon Ball), personajes que cambian de sexo al mojarse con agua (el animé Ranma ½) o con una clara carga de homoerotismo (en Saint Seiya o Card Captor Sakura). Por no tener tabúes y por no pretender ser normativizador, muchos ven al animé como gayfriendly pero lo cierto es que lo central aquí no es la sexualidad, si bien es un mundo en donde hay opciones para todos los gustos. Lo central es lo cambiante, lo humano cifrado como dibujo.

Simón y Etelvina

Sistema anti-robo patrimonial en baño de la AFIP

Dilema para bibliófilos: cómo obtener placer de un libro sin cuerpo

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LA ERÓTICA DE LOS LIBROS DIGITALES 
De los objetos de nuestra vida cotidiana, pocos condensan tanta complejidad como el libro. Dicha herramienta es mucho más que el medio o soporte a través del cual una idea o un cúmulo de datos pasan de la mente de su gestor a la del lector. Al decir de Borges, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación, y esa característica lo distingue de otros instrumentos de nuestra cultura. La capacidad material del hombre para volver a su universo físico y simbólico algo comunicable, reproducible y catalogable –por elegir unas pocas virtudes cacofónicas– encuentra una de sus formas más acabadas en este objeto, convirtiendo una cantidad determinada de tinta y páginas en un tesoro cultural inmenso. Aunque circule en el imaginario social como un bien de consumo intelectual, el libro, en tanto resultado de un proceso editorial, llega a nuestras manos con un plus que se inscribe en el plano afectivo; sirva de prueba el cariño que uno tiene por ciertos ejemplares. Los motivos de esa bibliofilia son disímiles; quizás un título fue el elegido por nosotros como compañero de viaje, o el afecto se deba a que nos lo regaló alguien especial. Los causales desafían cualquier lógica que esté basada en el contenido del libro, y a la vez sería imposible trazar una distinción precisa entre las palabras, la impresión de estas en el papel donde se plasman, las sensaciones de la lectura, las hojas como soporte aprisionadas en dos tapas y la liberación mental que genera un texto revelador. Lo material del libro se funda entonces con el contenido que encierra y, a su vez, este se enlaza con un abanico infinito de cuestiones circunstanciales, personales, azarosas, aportadas por la subjetividad del lector y su contexto. Descomponer en partes, expositivamente, todo aquello que hace a los libros no es más que plantear la pregunta sobre la biblo-essentia: ¿la esencia reside en lo circunstancial, en lo manifiesto del libro; o es, por el contrario, aquel núcleo ideal existente más allá de toda manifestación temporo-espacial? Dicho con otras palabras: ¿el libro es aquel objeto en mi biblioteca que puedo agarrar para leer y subrayar, o –por el contrario– son las letras que conforman la obra, trascendiendo lo puntual de una edición y el trato que le den las manos que lo sacan del estante? Estas preguntas, traspolables a cualquier objeto que se preste a la discusión filosófica entre aristotélicos y platónicos, cobran cada vez mayor profundidad a la luz de nuevos soportes, como son los denominados e-readers, que reinventan y reinauguran las concepciones bibliológicas tradicionales y nuestra forma de relacionarnos con los contenidos. Gracias a las pantallas y prescindiendo por ellas del papel, tomó por primera vez forma, hace ya varios años, la tríada hombre-computadora-escritura. A través de la pantalla que media la experiencia y que –según el sociólogo Manuel Castells– se convierte en la experiencia misma, la relación con lo escrito cobra una nueva dimensión en donde el objeto físico libro se desvanece, siendo absorbido, convertido en puro texto, en un detrás-de-la-pantalla. Habiendo pasado varias décadas de esta primera forma de mediación, el mercado hoy desembarca en las vitrinas argentinas con los denominados e-readers. Si bien esta tecnología tiene unos cinco años de vida, en nuestro lado del globo está tomando mayor peso recién en el último tiempo. Estas máquinas lectoras de libros están compuestas por una pantalla electroforética, comúnmente llamada de tinta electrónica, la cual fusiona libro y pantalla en un material que no es una clásica pantalla pero tampoco es papel: a diferencia de las tradicionales, la de estos dispositivos es opaca y no refleja la luz ambiental; además consumen muy poca energía, por lo cual pueden volver autónomo, por casi tres semanas, al aparato. Contando algunos modelos con conexión wifi y permitiendo también señalar y guardar lo importante del texto, las facultades de estos dispositivos los hacen ganar cada vez más terreno entre los lectores, quienes ahora pueden cargar en su equipaje cientos de libros de manera digital, almacenándolos en una única y liviana pieza de ingeniería electrónica. En una paradoja sólo aparente, uno de los máximos impulsores de este tipo de tecnología es el máximo vendedor de libros por Internet, el portal Amazon, que al fomentar el desarrollo de estos soportes consigue vender libros digitales para ser leídos sobre estos artefactos que, mayoritariamente, también serán vendidos por la misma empresa, puesto que, hoy por hoy, los e-readers de Amazon, llamados Kindle, son los primeros en ventas, liderando el mercado por encima de los productos Sony o BQ. Todavía es muy pronto para saber el alcance y la hondura que los e-readers tendrán como objetos en la cultura. Sería apresurado suponer una futura extinción del libro de papel y hueso frente a los lectores digitales pero es innegable el avance que esta nueva tecnología va tomando. Las preguntas sobre qué prevalecerá o sobre qué formato es mejor o más cómodo probablemente vayan contestándose poco a poco, año a año, en el futuro inmediato. Lo cierto es que aquellos interrogantes que excedan el hábito intelectual se imbricarán sobre la esfera afectiva: ¿es posible experimentar cariño, sentir afecto, por un libro que toma existencia al ser reproducido sobre la misma pantalla que otros?, ¿qué erótica, qué sensaciones, posibilita la mediación y la invisibilización de un objeto, ahora vuelto genérico e inespecífico? Todo objeto tiene la virtud de volverse fetiche, de volverse parte de la vida emocional, aun los incorpóreos, o eso es al menos lo que puede intuirse frente al hecho de que, habiéndose reducido considerablemente la costumbre del envío y la recepción de aquel tipo de cartas escritas en clave afectiva, en la actualidad existe gente que guarda mails del mismo tenor en sus casillas. Cada objeto, cada soporte, es testimonio de su tiempo. Si Theodor Adorno y Tomas Mann hubiesen nacido más entrado el siglo, quizás hoy podríamos contar con un libro que publicara sus intercambios de mails. Sería una necedad desestimar dicha posibilidad, aun cuando en el imaginario social todavía puje la sensación, cada vez menos intensa, de que una publicación de correspondencia postal sería más real o verdadera que aquella sobre un intercambio virtual. El libro sobre un intercambio de mails será testimonio de aquí al futuro. Testimonio a ser leído, quizás, en un e-reader.

Etelvina