Los sistemas subjetivos de verdad

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Yo salía de entrenar. Siempre vuelvo con Ale, y esta vez, en el camino, hablábamos de mujeres. Me cuenta que está con una minita a la que está poniendo a prueba en todo sentido (sic). Relata un episodio en donde, mediante una mentira, busca ver la reacción de ella para deducir si está frente a un agente de riesgo o algo similar. Esto último lo agrego yo, porque es lo que creo entenderle a partir de lo que me dice. Además él nunca usaría esas palabras, y yo creo que tampoco. Interpreto que me dice esto que estoy contando, que la mina no le cierra porque parece que no se cuida nunca y que la flashea con quedar embarazada y tener un pibe, porque encima -agrega- ya tiene una nena. Le digo que no sea boludo, que se cuide, que la conoce hace poco y no puede confiar. «Sí, hace un mes me la presentó un amigo» -me dice-. Seguimos caminando por las oscuras calles que tenemos por delante hasta la avenida, y yo, pedante como siempre, empiezo a improvisar una clase sobre educación sexual para reafirmar y dejar bien en claro mi postura al respecto y tirarle puntas sobre cómo manejarse en términos prácticos. Me dice que sí a todo con total naturalidad, haciéndome sentir que mis preocupaciones son innecesarias.
Cambiando apenas el eje del asunto, me cuenta otra cosa que no le gusta de esta mujer: «está re enamorada y yo nada que ver», lo cual no hace más que confirmar que la charla, desde el inicio, era sobre minitas -así en un sentido despectivo- y que, por eso mismo, no hacía falta elucubrar demasiado al respecto.
Después de saludar al verdulero y al dueño de la parrilla contigua, nos despedimos en la puerta de su casa mientras me cuenta un último detalle de la relación: «...y ella vive sola, así que en tres...cuatro semanas, a lo sumo, me voy a ir a vivir con ella». Ahí es cuando recapitulo y repienso, intentando recordar los tiempos a los que hizo referencia, que fue hace un mes que la conoció, que no le cabía que la flasheara tanto, que además tenía una hija. «Ah...bueno, nos vemos» le dije como para decir algo, y después agregué, como si sumara, «¡ojo, tené cuidado!» mientras cruzaba corriendo hacia el campito del Garrahan, haciendo notar mi apuro por encontrar alguna certeza. Una vez en casa repasé la charla y entendí que, si bien hablábamos de lo mismo, los dos hablábamos de cosas totalmente diferentes. O al revés, que estábamos frente a cosas distintas que dicen lo mismo: que los dos estábamos diciéndonos la verdad. Nuestra verdad.

Pro (pero en serio)

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Va a seguir poniéndose buena Bolivia. Sería genial hacer alguna movida con stencils para resignificar el logo del Pro

超サイヤ人 (SSJ)

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Todavía no me armo. Esto lo digo porque al despertar hay que juntar las partes de uno mismo que están desparramadas por acá, sobre la cama, y allá en el mundo onírico, para entonces autoensamblarse y más o menos tener capacidad de acción. De por sí esta tarea es difícil porque los pliegues de las sábanas y el tamaño del colchón pueden jugar en contra, de igual modo que las expediciones de recolección de uno mismo a Oniria son difíciles porque implican tramos sinuosos, enredo de cables, terrazas altas, escenas subterráneas o submarinas y anacronismos emocionales y geográficos. En definitiva aquí o allá es lo mismo porque no estamos ni en uno ni en otro lado. 
Le pregunto qué pasa, dos veces, de forma automática y escucho algo así como «dolor sobreagudo» o lo mismo pero sin el sobre. Me envía el mensaje de forma directa, sin embalaje ni sutilezas, a mis centros mentales de la misma forma en que ella lo recibió, aunque a mí el asunto no llegue a impresionarme tanto: Todavía estoy en pedazos yoicos y la angustia no tiene a quien angustiar.
Algo puedo deducir, sé que allí mismo se terminó mi noche, o empezó mi día. Para el caso es lo mismo porque ya se llamó a la obra social y la ambulancia está en camino. Él, mientras tanto, se queda acostado con su dolor abdominal; eso es lo que ella me dice. Recién ahí entiendo qué está pasando, aunque ya haya pasado más de media hora desde que encontré mi último pedazo de mí mismo bajo la almohada. Estúpidamente el diagnóstico me tranquiliza porque en mi ignorancia el cuerpo humano se compone de cabeza, cerebro, nuca, brazos, ojos, lengua, hombros, codos, muñecas, dedos, abdomen, piernas, importantísimas rodillas, pies y aparato satisfactor sexual (que incluye otras y algunas de las partes ya mencionadas). Esa forma básica de conocimiento es la profundidad casi máxima que yo puedo darle a lo físico o biológico, esas pocas partes sé o me importan, tal vez porque ésa es una manera de sentirme indestructible en el propio no-saber. Soy exigente con mi cuerpo y siempre encuentro excusas para sobreexigirme. Y si no sé hasta dónde puedo dar, no hay limitaciones. Así que pensando en mis planos anatómicos (que, graficados, cabrían en una servilleta de bar), algo abdominal no puede ser grave.
Una vez que llega la ambulancia mi cerebro pasa a modo automático o de suspensión de disco y en forma de screensaver aparecen imágenes mentales combinándose entre sí. Distorsiones de la percepción que en ese momento pueden ser cualquiera de las descritas por la Psiquiatría clásica. Estando encima de la calesita mental que trabaja sola aún en stand by, la detengo cuando percibo la sensación de ya haber vivido un episodio como el que allí sucedía, aunque yo no pudiera recordar ninguna secuencia médica -salvo por el veterinario al que llamé hace unos meses- y entonces supe que en un segundo lugar de mi conciencia estaban presentes escenas de la noche anterior: Antes de dormir yo había hecho un recorrido por todas las muertes de Krillin, el pelado de Dragon Ball, vía youtube (con herida abdominal incluida en una de ellas) para terminar viendo por azar un extrañísimo video donde un jugador de fútbol parecía morir sin que su cuerpo sea anoticiado de ello. Esa escena me provocó una angustia que el googleo apaciguó cuando todo se explica, aparentemente, al toparme con un artículo sobre corea de Sydenham. Ese diagnóstico médico de nombre inglés me suena convincente y me permite apagar la computadora más tranquilo, sabiendo que en verdad el pobre tipo contorsionándose en la cancha no mira crecer las flores desde abajo. Después voy a su cama.
Ni la palabra panties, ni calzón, ni bragas, bombacha ni ningún localismo suena lo suficientemente bien a mi gusto como para definir la ropa interior que ella tiene puesta y por eso sería difícil explicar la combinación de colores y detalles que puedo encontrar a ésa en particular, pero lo cierto es que estas cosas jamás me importan lo suficiente como lo que esconden y por eso no me detendré en detalles; aunque sí voy a decir que si pusiera esa bombacha sobre una cartulina podría usarla de test proyectivo o podría provocar imágenes edéticas sin dudar. En ese momento, es decir, ahora, es cuando entiendo que todo el carrousel de imágenes mentales que se suceden mientras la médica revisa a mi suegro tiene de fondo esa misma prenda con muchos colores sobre la que aparecen las escenas de youtube de hace unas horas con Krillin muriendo reiteradas veces y el jugador Abdulrahman Al-Shoaibi, quien tiene un nombre tan irrecordable como su padecimiento, haciendo unos movimientos involuntarios que no me parecieron nada graciosos. 
Al irse la ambulancia, vacía, es hora de desayunar y como todos estamos más tranquilos, resignifico experiencias y cuento el ahora cómico video del jugador de Arabia Saudita que hacía extraños movimientos debido a su enfermedad, la cual también es conocida como mal de San Vito. Al decir esto mi suegra cree escuchar "sambito" y entonces entiendo que -regla ortográfica de mb nv mediante- yo ya conocía de antes esa enfermedad y la relacionaba con el baile, con la samba, y sé lo importante que es bailar; y también entiendo que la imagen de las extremidades del turco moviéndose de forma autómata se condice con mi pacata e ignorante versión anatómica del cuerpo humano: ese cuerpo moviéndose con la cabeza hacia atrás, como si fuera en sí mismo una unidad cerrada que prescinde de voluntad que lo maneje es mi mecánica autoexigencia corporal. No le digo a nadie esto último que pienso, pero percibo que hay cosas naturales que parecen mecánicas y cosas que parecen lo opuesto pero no lo son.
Mi relato trae a la mesa el recuerdo de una escena de la película Babel donde gallinas corren sin cabeza, y sé que muchos recordaron lo mismo al verlo, pero yo nunca la alquilé. Tampoco vi a ningún animal moverse decapitado, pero sí vi muchos capítulos de Dragon Ball, donde todos mueren varias veces, por eso sé que en la serie los personajes pueden revivir y que sus cuerpos de Supersaiyajines rubios los vuelven máquinas de combate, iguales a lo que yo quisiera ser. Pero en la vida real quien muere, muerto está; quien nació negro no podrá ser saiyajin rubio y quien juega en el Hajer de Arabia Saudita, como el innombrable Abdulrahman Al-Shoaibi, sólo puede ser reconocido a nivel mundial por un episodio médico como el mencionado. De esta forma hay un orden natural que aletarga a algunos y frente al cual otros intentan despertarse, juntar sus cachos desparramados para cascotear a la policía y cambiar las cosas. La naturaleza, que siempre es de derecha, hace que lo imposible sea imposible y que lo que deba ser se encargue de ser sin ninguna piedad. Y yo debía escribir, pero también quería, sobre esa noche, o sobre esa mañana incipiente, como prefiera uno verlo. Ya todo sigue su curso. Mi suegro reposa sin saber que escribí esto, mi novia estará durmiendo o tomando té (en iguales proporciones), el resto del universo en este huso horario estará recolectando pedazos de sí mismo para ir a trabajar y yo terminaré esta historia sin ninguna conclusión sobre organismos, naturaleza, mecánica, dibujos japoneses o fútbol.

Fútbol

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Monty Python

Paranoid Park

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Este fin de semana vi Paranoid Park, de Gus Van Sant. Como en cualquier crítica cinematográfica, podría empezar diciendo «la película narra la historia de...» -en este caso- Alex, un skater de 16 años sin grandes emociones en su vida hasta el momento en que se ve involucrado en la muerte de un guardia de seguridad en las cercanías de Paranoid Park, lugar en donde él practica skateboard junto a muchos otros adolescentes. Pero sucede que no podría usar de forma textual esa muletilla porque la historia de Alex es mas bien la historia de los suceso que los rodean, donde él es casi tan espectador como nosotros.
Si bien el director ya se interesó por la problemática adolescente, esta película nos muestra un conflicto que jamás tensa la trama lo suficiente como para que esta gire en torno a aquel. La cámara busca seguirle el ritmo a la laxitud con tomas en slow motion de las caras de los personajes y con escenas donde lo único que persiste es el tiempo mismo de su duración. Esto no pretende ser una crítica en su acepción negativa, ni intento disuadir de alquilarla: Gus Van Sant sabe qué es un adolescente y la propia problemática de éstos condiciona la forma en que todo sucede.
«Adolescentes eran los de antes», podría decir un viejo para el cual todo tiempo pasado fue mejor. Y es entendible la afirmación cuando la problemática empieza a desaparecer, a escaparse entre las manos con la liquidez de nuestra era. El punk y resabios de su estética están en la película, de la misma forma que algo del padre siempre se aprecia en el hijo; su problemática misma todavía se adivina, pero cualquier problema deja de ser tal sin alguien que se angustie: en Paranoid Park nada angustia lo suficiente, ni siquiera las problemáticas típicas que podríamos suponer en un adolescente referidas a familia o sexo. Alex es realmente nieto de la Modernidad, de una modernidad que jugó con las cartas de la razón y perdió todo en guerras que hirvieron hasta la ebullición en forma de hongo atómico. Porque después de eso enterramos al abuelo en frío, debajo del muro caído, justo antes de que nos presentara a su hijo Punk, quien con cresta y cadenas iba a renegar violentamente de todo hasta ser tocado por un ángel New Age que nos trajera la buena nueva: nada va a durar demasiado ni a ser tan importante. Alex es hijo de este punk cuarentón, que podemos ver con su estilo californiano en una escena de la película. Celebro la capacidad del director para introducir a este personaje como padre del skater; los tatuajes ya deberían tener hijos quinceañeros en Hollywood desde hace rato. Entonces, decía, el ángel new age nos trajo a Alex, quien tiene un amigo como él, y por ese motivo el vínculo no es muy estrecho. De la misma forma que tampoco es clara ni intensa la relación con su novia Jennifer -una cheerleader que daría arcadas a cualquier punk-, ni su mamá tiene suficiente peso como para que podamos conocerle detenidamente la cara ni para que juzgue las mentiras de su hijo. El mundo de Alex flota etéreo, se mueve, de la misma forma que él se limita a contemplarlo; sin mucha emoción.
Esta falta de emoción o sobra de apatía no habla de un sujeto disminuido en su capacidad para sentir. Mas bien habla de algo que no deviene, algo que falta. El vacío con que Alex mira la nada mientras tiene sexo o la tranquilidad con que miente a su madre sin importarle elaborar lo suficiente una mentira, habla de algo que no está allí donde debería. El discurso del sujeto de la razón, del protagonista cinematográfico, del relato, de lo que sea, nos deja un nieto que ni siquiera va a renegar como su padre, y va a buscar un camino sin demasiado esmero, dejándose llevar cuesta abajo sobre el skate. Por este mismo motivo la película jamás podría desarrollarse sobre un eje policial o jurídico: para la justicia la muerte es un hecho que acarrea responsabilidad, la responsabilidad es asunto de los responsables, los responsables son aquellos que pueden dar cuenta de sí y de sus actos, y aceptar esto es algo que queda del lado del discurso de la razón, que yace debajo de los escombros del muro. Alex se desplaza por la película abarcando en plano panorámico todo lo que lo rodea, como un punto de referencia entre otros personajes y situaciones. Su presencia física es lo que permite que la película pueda ser considerada «sobre un adolescente de 16 años» pero la subjetividad es lo que en algún punto de la historia cultural de occidente se perdió, sea en una trifulca punk con la policía, en alguna colchoneta de yoga, en una nube new age o en la half-pipe de un X Game que ya ni siquiera nos emociona.



Apuntes sueltos sobre Psicología Política 4º Parte

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Lo último: por dónde empezar

Hoy me vi discutiendo sobre, precisamente, las discusiones. El principal problema al discutir surge de creer que lo que sale de la boca del otro son argumentos, cosas que se cierran sobre sí mismas (que llevan un sentido en ellas mismas) y que pueden o no articularse con otros argumentos que son piezas en el ajedrez retórico. Por ejemplo, si en una charla surge la cuestión del PBI y alguien tira una cifra y cita una fuente el otro deberá intentar rebatir o superar ese argumento con otro y así. Jamás se cuestiona por qué alguien usa el argumento que usa ni cuándo lo usa ni por qué no usa otro en particular. Lo mismo con la data sobre inseguridad, pobreza, etc. El problema es pensar que se puede convencer a alguien con material “objetivo”. Esto lo hacemos porque suponemos que: a) lo que se pone en juego siempre es material objetivo, b) que el otro también modificará su postura “objetivamente” ante la “evidente evidencia” que nuestros argumentos arrojen porque c) creemos que la falta de consenso sobre un tema se debe sólo a que el otro no conoce lo que nosotros sí. Es curioso que en el día a día nos valgamos de cierto método científico para tratar con el interlocutor, como si este método facilitara el cambio de posicionamiento político. Creemos que para tener una postura, tanto nosotros como cualquier otro somete la realidad a distintos análisis -¿quién termina sometido?-, a la sumatoria de observaciones, a la comparación "neutra" de todo lo que nos rodea. Lo cierto es que no hay nada casual en que alguien se vea afectado, conmovido, movilizado o lo que sea por una temática en particular. Que alguien hable y cite cifras del PBI habla de esa persona, porque tranquilamente podría argumentar sobre Ecología o política de DDHH o cualquier tópico. Cada tópico, cada argumento elegido, es síntoma de uno; considerando al síntoma como manifestación. Que alguien hable de la suba o baja de impuestos para intentar persuadir a quien sea de lo malo o bueno de un gobierno también indica que para ese primero los impuestos en sí tiene suficiente peso como para ser decisorios de un calificativo.
Con mucha soltura podemos, entre quienes consideremos pares, usar argumentos foucaultianos, bourdeauleanos (?), gramscianos, etc porque ahí sí se efectúa cierta dialéctica que permite un cambio de posicionamiento. Pero el cambio se produce porque desde el vamos hay cierta cercanía que propicia y hace posible el movimiento. La cercanía es la de los supuestos básicos que conforman la realidad del hoy por hoy y la realidad pretendida: partimos de la base de que creemos que la Democracia sirve, que no deberían morir chicos de hambre, cosas así. Pero una cosa es el claustro académico y todo lo que ese contexto posibilite, como los interlocutores que allí encontremos para “debatir”, y otra cosa distinta será la vieja de mierda del quinto piso. Cuando la vieja chota nos increpa en el ascensor y nos transmite el parte diario de bajas ciudadanas en manos de negros de mierda con una memoria prodigiosa para el morbo que parece desafiar cualquier Alzheimer, uno sabe que tiene que hacer a un lado todos los libritos, esquemas teóricos, citas de autores y otras armas de nuestra batería argumental y, en caso de que contemos con muchas ganas y aguante estomacal, empezar la hercúlea tarea de aleccionamiento o, en el peor de los casos, de distanciamiento ideológico para que la buena anciana sepa que nosotros no opinamos que hay que matarlos a todos ni deseamos prender fuego nada.  La sarmientina tarea consistirá entonces en educar al soberano…al soberano hijo de puta. Entonces hacemos a un lado los nombres y con la mayor de las simplezas, pero siempre encarnando el mismísimo Saber, nos paramos frente al problema que, en este caso puntual, podemos calificar como El problema de la inseguridad.


Como somos metódicos iremos de lleno a las Causas. Y aquí ya nos encontramos siendo doblemente ingenuos: por un lado usamos el método científico que, creemos, nos ayudará a consolidar nuestra posición y hacerla prevalecer como La Verdad; y por el otro nos valemos de una premisa pedagógica o social -que antecede al método- según la cual hablando la gente se entiende o, dicho de otra forma, las personas son permeables a las palabras. Escribo esto y no puedo dejar de lado el gastado refrán en casa de herrero, cuchillo de palo o -dicho ahora desde adentro del claustro- en casa de propietario de biblioteca con autores de ruptura, la retórica cotidiana será acartonadamente Moderna. Entonces, decía, enfrentamos nuestras “causas” (Las causas) contra la Doxa del quinto piso. Obvio que seleccionamos las primeras cosas que nos vienen a nuestra afilada mente porque si no tendríamos que estar hasta las 10 de la noche y así nos perderíamos algún programa de Canal á:


Desde nuestra enarbolada Episteme nos privamos de hacer floreos discursivos para no convertir en apabullante nuestra plétora exposición, y aquí interpelamos a nuestra buena vecina a que nos diga -una vez disparada nuestra intachable exposición- cuál le parece que será la Solución a este problema:


Como vemos, nuestra labia resbala sobre la superficie de la señora porque lleva puesto un pilotín discursivo hecho con retazos de una emocionalidad que le nace por debajo de la piel anclándose en los huesos, realmente constitutiva. Va más allá del discurso que venden los medios, va más allá de lo que sepa “objetivamente” sobre la pobreza y marginalidad, va más allá de la conciencia. Pero cuidado, que cuando en primera instancia uno busca echar culpas a, por ejemplo los multimedios, repite el mismo esquema que la señora en cuestión al hablar de los negros de mierda,  La angustia busca ser expulsada y queremos depositarla a toda costa en algún lado. Este es un mecanismo psíquico normal.
El no tan cauto educador antifacista pareciera no percibir que, como primero, tiene que haber una disposición para que ese síntoma sea ese y no otro. De la misma forma y por el mismo motivo él deposita la culpa en corporaciones, políticas neoliberales y políticos corruptos antes que en el pobre. Los dos están supeditados a lo mismo (algo emocional, no-racional) pero la forma que ello toma es distinta, y el desarrollo al que ello lleve también será distinto. Para entender la etiología de un argumento político hay que hacer un recorrido similar al que se haría en la clínica. Acá nos metemos con cuestiones que no siempre saldrán a la luz en las discusiones y por ello mismo no siempre será pertinente meter bocado ante la manifestación, ante el síntoma.
Si tras la puerta de ese quinto piso se encuentra la crianza de una familia donde el esposo fallecido de nuestra  vecina fue un militar de alto rango -al igual que el padre de ella- que crió 3 hijos, de los cuales uno fue cura, otro también hizo carrera militar y del tercero no tenemos noticias (esto también señala algo), es bastante probable que si esa misma semana el único nieto de la buena señora fue asaltado en la zona de Quilmes entonces la ecuación -para usar términos consecuentes con nuestra torpe intervención Moderna- le dé por resultado, a esta mujer, un hay que matarlos a todos.
La señora puede no saber, y no tiene por qué saber, de ciencias sociales, de derecho, de pedagogía o simplemente de causalidades pero sabe bien -conciente o inconcientemente- de su dolor. Y si bien posicionarse en el lugar del dolor no da derecho a nada, contrariamente de lo que muchos puedan creer, es un lugar tan válido como el de educador progre. El lugar gozoso de víctima que pide jus-ti-cia y hace pancartas con fotitos de la virgen María es un goce distinto al del Educador poseedor de La Verdad, pero es un goce al fin. 
¿Es nihilista entonces plantear esta incompatibilidad entre lo que pueda salir de nuestra boca y la de nuestra vecina? No, ya que de la misma forma en que persuasión y sugestión son herramientas válidas de convencimiento también lo son la empatía y la escucha. Esa es la base para cualquier cambio, siempre. No digo que tengamos que abrazar y poner nuestro hombro ante “su dolor”, tampoco digo que siempre sea posible un acuerdo -esto último dependerá del caso por caso-. Digo que tenemos que estar más despiertos: escuchemos la queja sobre la inseguridad de la misma forma que se escucha el goce en las procesiones hospitalarias que la buena señora realiza entusiastamente todos los días en su afán por tener cada vez algo más de qué quejarse, o riámonos de las elucubraciones con tintes paranoides que esta misma vieja formula sobre el nuevo vecino del cuarto piso, el que es sospechoso hasta de parecer “demasiado normal”, mientras ella nos hace saber -sin saberlo- la fascinación escópico-policial que tiene al dejar todo el día la televisión prendida con la transmisión de la cámara de seguridad de la entrada del edificio. La risa es un una buena opción, al final de cuentas la vieja busca lo contrario. Con la misma lógica, si al realizar un trámite en alguna dependencia de Nación nos atiende un administrativo maltratador que busca provocar y despliega todo su sadismo lo mejor que podemos hacer es despedirnos con un «Gracias, muy amable» sin ironía. Sorprender, descolocar, no dejarse avasallar por el síntoma del otro, saber que quien tenemos enfrente nos está hablando a nosotros a medias porque no somos los verdaderos destinatarios de esa escena y por ello no debemos hacernos cargo de ninguna angustia que allí surja, entender pero a otra escala....de eso se trata. Ponerse en ese lugar no siempre es posible, lo sé, pero es mucho más sano que trinar de bronca. A veces conviene mostrarse indistinto.
Como sea, lo importante es siempre valernos de Foucault: si vienen a cuento, usaremos sus argumentaciones teóricas. Si nos topamos con la vieja del quinto y tenemos un mal día podemos acudir a Vigilar y Castigar, recordando todas las torturas allí recopiladas y, así, alimentar nuestro sano fantaseo sádico que recaerá sobre ella y nos permitirá continuar con nuestro día.

Tanatocracia

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Esto es apropósito de estotro, una respuesta.Creo que para entender qué significa "Democracia" en el imaginario social argentino, hoy por hoy, hay que deshilvanar el concepto y analizar las puntas que de ello resulte. Democracia es un combo que adentro trae el concepto de "Paz" o de "Paz social", "consenso" y "diálogo" entre otros. A esto se suma una lectura individualista y, por ende, contradictoria de lo que clásicamente se entiende por Democracia.
En algún momento la democracia pudo verse emparentada con la discusión que precede la búsqueda de un consenso y al consenso mismo, la búsqueda de algún bien común que se evidencia en las sagradas urnas, e incluso -y en consecuencia- con una interpretación más o menos consensuada socialmente de la política y de la propia sociedad. Hoy por hoy el acto de votar y vivir en democracia es lo más parecido a la muerte en su vertiente tanática; o sea una dulce muerte, una muerte no-violenta. Para mí, hoy por hoy, la democracia pasó a significar la vida sin movimiento, ausente de conflictos, un día a día rutinario hasta la muerte que se renueva como elección cada cuatro años. Imagino que después del 76' se hizo difícil pensar alguna forma de desenvolvimiento democrático que implique algún tipo de cuestionamiento o de movimiento ("violencia"). Bueno, es cierto que a nivel global la cosa se fue dando en la misma dirección pero eso no contradice lo anterior.
El "consenso", el "bien común" o la "paz social" son articulables con la Democracia siempre y cuando vayan en la dirección apática de lo estático. Pareciera que hoy nadie vota para intentar estar mejor sino para no estar peor, y por eso buscan lo inmóvil, lo que asegure ir de casa al trabajo y del trabajo a casa sin cuestionar ni levantar la mirada. La lectura invididualista salta a la vista cuando algo se interpone entre la rutina y el ciudadano. Por ejemplo, el corte de calle. Que otros tengan algo que reclamar (que se muevan) es inadmisible porque en ese mismo acto interrumpen la prosecución de lo cotidiano y atacan de frente el -hoy por hoy pareciera que máximo- derecho a la libre circulación, y choca de frente la esfera de lo privado cuando el buen ciudadano elige circular y el patoteril piquetero corta los carriles y lo obliga a desviarse. Y por esto mismo es que de repente "Democracia" no significa la elección de un gobernante con su plan de gobierno: cualquier plan de gobierno estará bien mientras no se entrometa en el día a día. Cualquier plan de gobierno imaginable, haya o no sido consensuado entre el político y el votante, pareciera tener una cláusula que este último considera importantísima que reza "acepto, señor político, lo que usted vaya a hacer siempre y cuando no me rompa las pelotas y mientras, en la medidas de lo posible, me beneficie en algún punto". Por eso es que, sin pretender hacer apología del kirchnerismo, poco importa que el gobierno sea mucho o poco consecuente, lo que importa es que no sea convulsionante. Y acá es donde se mete lo de "Paz social". La paz social es la paz del cementerio, que no haya cambios, que cada uno se contente con lo que tiene y no se mueva de ahí. De cierta manera es una vuelta de tuercas al orden "natural" social. Cada uno está, socialmente, donde tiene que estar y tiene lo que tiene que tener. La única acción que se muestra por encima de esta regla de orden tanático pareciera ser la destinada a acabar con otra acción que esté por fuera de esta regla...y acá, obviamente, se articulan los discursillos caceroleros, que piden justicia por mano propia, de apoyo al campo, etc, etc, etc. Si, como sucedió con todo el período del conflicto con el campo, lo único que se buscaba es que se terminara, la vuelta a ese momento de pre-desorden, pre-movimiento, que pueda generarse por la derecha (con, por ejemplo, un golpe de estado) nunca será tan perjudical como un movimiento que se genere desde la izquierda por una cuestión lógica: el primero moviliza para luego tender a la inmovilidad y cuando es como en el 76' hablar de muerte deja de ser metáfora, es quedarse quieto o ser boleta. Moverse por izquierda, en cambio, supone un movimiento que perfora cada vez más las estructuras y su detenimiento no resulta tan predecible. El ¡hasta cuándo! de Capusotto es un ¡hasta cuándo habrá cambios rompepelotas!.

Volveremo', volveremo' / volveremos a llover

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Hasta el momento de la tormenta, era un patético partido más. Pero nadie puede ser indiferente ante la lluvia. Para bien o para mal, siempre indica algo. Y más si el agua cae a baldazos. Algo señala. Para bien o para mal hay algo que es inherente a esa manifestación meteorológica. Todos esperábamos la tristeza del final, con los titulares fatalistas preparados y los insultos racistas listos en todos los tonos y colores que le cabieran al gordo DT de la albiceleste. Pero apareció Palermo o, lo que es igual, el gol. Él es el gol porque se funde con el cuero de los gajos al momento de entrar la pelota al arco. O se suceden de forma lógico-causal al estilo Palermo → Gol. Él no es un jugador de fútbol, lo suyo es exclusivamente el gol. Le ponen la pelota en los pies o en la cabeza, y la coloca donde tiene que ir; casi administrativamente, por eso jamás se luce: hace lo que tiene que hacer, como si tuviera que foliar un expediente o devengar el pago de algo. Se encarga de modificar el marcador de juego y haber hecho el laburo sobre la hora nos salvo de la tempestad y condimentó la bronca que veníamos masticando. Y cuando lloró, no pudimos menos que amarlo. A mí me caen bien los que se muestran así, lo confieso. Así que el laburante Martín nos ayudó un poco con el trámite kafkiano que nos supuso estas Eliminatorias.
Pero, volviendo a la lluvia, algo quiere decir. A mí no me pregunten qué, pero algo quiere decir. Y todos nos alegramos porque Palermo, o el gol, fue entre lágrimas a abrazarse con todos y eso nos hizo sentir menos horribles. La feroz tormenta tornó 90 minutos de sufrimiento en una hora y media que, a partir del 2 a 1, se convirtió en épica y todos sentimos el revival del 86' gracias a la ecuación Diego + Perú + Venir jugando mal + Estar ahí nomás de no clasificar = ¡Ganar el campeonato del mundo!. ¿Quién no sintió la magia -o la negación de realidad, es lo mismo- en el partido? Como sea, la cosa es que ahora jugamos con Uruguay y la magia va a ser que podamos ver buen fútbol. Los yorugas van a sacarle punta a los botines para estacar su "destreza" en las rótulas argentinas y nuestra selección va a salir a buscar el empate como si fuese un lente de contacto que cayó al piso y espera quietito a ser encontrado.
El Diego consultó al oráculo y este le dijo que llegaría a su meta deslizándose. La ambigüedad délfica seguramente lo llevó a interpretar "deslizamiento" como "facilidad", aunque la lluvia tal vez haya tenido algo que ver en eso de moverse sobre una superficie. Yo sólo espero que los Messis, Verones, Aimares o quienes sean se muevan lo suficiente para que la pelota llegue a su destinatario y este haga lo que tiene que hacer, sin lujos, sin fantasía: que la meta detrás de la línea, suene un silbato y simplemente se sancione gol, sea con dudosa habilitación del delantero o con una jugada que parezca foul ofensivo. No importa. Hoy importa el hoy. Mañana ya veremos, en una de esas vuelve a llover.


Marcas

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La amistad entre el hombre y el google

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Google termina, siempre, siendo la mejor opción en casi cualquier cosa que se proponga. Lo que se proponga será lo mejor. Puede comprar otras empresas por miles de millones de dólares y hacer que ese desembolsamiento sea un movimiento natural, un camino lógico de internet (porque termina representando la mismísima internet) sin que a nadie se le mueva un pelo en la transacción. Los pelos no se moverán pero sí las personas. Google no paraliza, al contrario, moviliza en su propia dirección. El usuario web acompaña su senda sin cuestionar nada, aunque sea una gigante bola de nieve que todo lo indexa, que todo lo apropia, que todo lo compra, que -en fin- todo lo incorpora. Engulle, engoolle todo. La inmensa katamari rodará con su horda de seguidores detrás intentando seguirle el ritmo imparable de avance; movimiento constante que va de Gmail a Blogger y de Chrome a Wave. Ay, ¿cuándo nos regalará su OS?. Un producto tras otro en un natural desenlace de mercado. Lo más lógico,  lo esperable. La forma en la que se logra esto no es complicada, dirán algunos: se lo elige porque es lo que se necesita.
La cuestión de las formas del deseo que recae sobre productos virtuales la dejo al margen porque me parece bastante más simple de lo que parece. Considero que antes del css no había necesidad de su existencia así como antes de la navegación en solapas a nadie siquiera se le ocurría fantesear con ello. O sea, nos creo moldeados al 100% en lo que necesitamos. ¿Por qué usar un servicio que te permite escribir 140 caracteres y no otro de, por ejemplo, 200 o 165? Twitter nos moldeo al microblogging y su necesidad de la misma forma en que Google nos recontra moldeó el cerebro a la web. Necesitamos internet, necesitamos lo que Google ofrece y lo que esta marca ofrece viene en una estética impecable, básica, blanca e impoluta que nos termina pareciendo nuestra propia estética o el ideal de la misma. Esa estética, con toda una filosofía de trasfondo, es clara y aparentemente transparente pero se encarga de esmerilar la verdad de la milanesa que, como se sabe, siempre está referida a lo económico. ¿Cómo es la cosa? la cosa es que google hace lo que hace y se esmera como se esmera porque es una empresa y su objetivo es, ¡ay!, lucrativo. Buscan ganar plata. Y lo hacen lo suficientemente bien como colocarse en el terreno de lo hiperrentable, lo hacen lo suficientemente bien como para que su juego no sólo no pareciera ser un negocio que implica una incontable ganancia; además, lo hacen lo suficientemente bien como para que quienes conforman su séquito de seguidores crean -realmente crean- que la dirección que tome dicha empresa es literalmente la dirección hacia donde todo debe dirigirse.
La estética misma de los anuncios Adsense dan cuenta de esto: son básicos, claros. Ni pareciera que, mediante algoritmos y a través de geolocalización vía ip, los anunciantes quisieran vendernos algo. Google nos quiso hacer olvidar de los banners intrusivos y totalmente fuera de contexto que nos hacían toparnos con casinos virtuales, tratamientos de agrandamiento peneano y chicas con webcam sin importar que estuviéramos entrando a una página para descargar la película Bambi, de Disney. ¿A quién se le ocurriría, hoy por hoy, pensar que existe otra forma de anuncios mejor que los de Adsense? Pareciera que ese es el camino y hacia allí vamos, querramos o no. Pero queremos, nadie obliga. El  slogan don't be evil también nos señala que Google es el good one. Y con el bien estamos, nadie quiere estar del lado oscuro. Así que vamos por esa senda de luz blanca, natural, y nos entregamos a ella con la alegría y los ojos cerrados del fiel que se encomienda a dios. Nos elevamos hacia el cielo 2.0 con sus delicadas nubes donde la estética amigable de todo nos invita a confiar, a creer, y donde hay certeza faltan preguntas. Nadie dará mucha importancia a las controversias en torno a la empresa, como las que señala Cassin en su libro; nadie cuestionará que desde hace años el servicio de Blogger está estancadísimo ni que Gtalk jamás tuvo ni tendrá desarrollo suficiente. Ni hablar de los infinitos proyectos, muchos de ellos truncos. Si hasta pareciera que lo que importa es el movimiento mismo, el sacar un producto tras otro y después ver qué hacer con ello. Cada lanzamiento es un peldaño que no tiene más utilidad que la de ser pisado para alcanzar el próximo. Y así sucesivamente. Pero como es el camino, sin ninguna duda, entonces vamos por él derechito. Muchos sentirán que Google en realidad está haciéndole un favor a la humanidad al sacar cada uno de sus productos, como si no obtuviera ningún tipo de beneficio a cambio y ahí está parte de la fórmula de fidelización del usuario: estamos en deuda con ellos y pagamos desde el inicio, desde la página de inicio por defecto: google.com será desde donde parta todo y así se retroalimentará siempre el fetiche de su uso.
Google, hoy por hoy, no es un buscador ni es una empresa. Es internet y va rumbo a convertirse en sinónimo también de computación y ¿por qué no? de telecomunicaciones. Habrá que ver hasta dónde puede seguir ese camino cuando caiga de forma divisoria, entre la amistad del usuario con la empresa, una cuestión disruptiva clásica: la monetaria. La cruda realidad. Cuando haya que pagar por algún servicio o por hardware puede que el efecto hipnótico del googlesapo se rompa, o nos haga buscar otras opciones, ¡o al menos nos haga preguntarnos algo!.


Alabemos todos al gran hipnosapo