http://tiempo.elargentino.com/notas/aspirante-cazador-del-escurridizo-conejo-freudiano
Asestando su mira interrogativa a un blanco un tanto menos etéreo pero no por ello menos esquivo que en su célebre obra Tratado de Ateología, en donde dispara contra los monoteísmos, Michel Onfray carga sus tintas esta vez contra el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. La intención de Onfray en
El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana es mostrar al psicoanálisis como un invento, una construcción, surgida de la cabeza de su propio creador y que sólo puede servir para explicar acabadamente la psicología de su pensador. Así, según el filósofo francés, conceptualizaciones como por ejemplo el Complejo de Edipo dan cuenta de la biografía de “Sigi de oro”, como era llamado por su madre el neurólogo vienés, antes que ser un constructo universalizable a la psiquis de todos. La arremetida no se limitará sólo a eso y para su exposición encarará distintos frentes, en un intento por atrapar a esa escurridiza presa que los psicoanalistas sacan de la galera para sus trucos de magia. Al conejo freudiano se le espetarán, entonces, municiones de diverso tipo y calibre a lo largo de casi 500 páginas, en las que se intentará echar luz sobre un psicoanálisis que en sus orígenes se evidencia como falaz y tendencioso, marcado en su filosofía por un fuerte pesimismo, políticamente conservador. Se mostrará, además, a Freud como un neurótico grave, esotérico, sin reacción ante los avances del fascismo y el nazismo, hijo edípico, marido adúltero y padre con deseos incestuosos, un hombre resentido, egoísta, codicioso y, quizás lo más importante, como un mentiroso.
No es la primera vez que se ataca al psicoanálisis y a su inventor. El caso más difundido en los últimos años tal vez sea el desabrido
Libro negro del psicoanálisis, en donde de manera heterogénea, con muy variada calidad argumentativa y una pizca de lobby a favor de las Terapias Cognitivo-Conductuales, la mezcla de unas cuatro docenas autores intenta terminar con la vida del mismo animal que Onfray, a través de una receta editorial que, aunque anunciando apresuradamente el supuesto logro ya en el título de tapa, abarca mucho y poco aprieta.
Lo cierto es que desde hace tiempo se abrió la temporada de caza de las criaturas teórico-mitológicas que habitan en las madrigueras del inconciente, y aunque esta pueda parecer una práctica salvaje y sin reglas, hay que saber juzgar cómo cada practicante la ejerza. Por ejemplo: desviarse hacia el padre de la bestia, apuntar a la persona es, como se sabe desde la lógica, una falacia (ad hominem) y por lo tanto las indiscreciones de un autor no invalidan su obra. En ese sentido, la psicobiografía que despliega el ateólogo sobre Freud, no dice tanto de su validez como de su historia, no refuta ni confirma nada, sino que, a lo sumo, esclarece la génesis ideica. Lo rescatable de esa línea de análisis es que pone al descubierto la parcialidad de los hagiógrafos –celosos transcriptores de la palabra divina– como se lo denominará en el libro a Ernest Jones, biógrafo oficial de Freud. Una empresa más feliz sería calibrar la crítica, poniendo bajo tela de juicio a la teoría, su clínica y el corporativismo gestado tras ella, lo que supone un deber para todo pensador que intente arribar a un mínimo de certezas y no se contente con las versiones oficiales. Por suerte, Michel Onfray muestra que pese al desatino de la psicobiografía, él también es de esta ralea con precisión cuestionadora y compensa, parcialmente, el trastabilleo. Así, valiéndose de la inspiración filosófica que, al igual que su tocayo Foucault, reconoce en el tridente deconstructivo Nietzsche-Marx-Freud, empuña el cetro de Poseidón y arranca de forma provisoria la punta psicoanalítica propiamente dicha (no biográfica) para ponerla bajo lupa. Su potentísima crítica interrogará el ahistoricismo de las conceptualizaciones psicoanalíticas, los supuestos éxitos terapéuticos de la práctica, el manejo sucio y corporativo de la cúpula institucional, su posicionamiento político con los poderes de turno, y más. Otros señalamientos del francés resultan muy pertinentes para evidenciar el incuestionable crédito conceptual adeudado por el psicoanálisis con autores como Nietzsche, conexión jamás debidamente reconocida; omisión que se explica por las aspiraciones de un hombre que, renegando de la tradición filosófica, intentó ser reconocido como un científico hecho y derecho: esa es la hipótesis onfrayniana central sobre Freud.
Las respuestas no tardaron en hacerse escuchar. Élisabeth Roudinesco salió al cruce del libro con uno propio llamado
¿Por qué tanto odio?, en donde se limita a refutar unas contadas erratas (fechas, ediciones), además de hacer otra psicobiografía en donde tilda de antisemita a su contrincante. Es decir, se centra en poco, en lo menos importante, y de la manera menos adecuada.
Ni las críticas de Onfray ni el grupo de contraofensivas son concluyentes. Es decir, el primero cuestiona a alguien fallecido en 1939 y lo que este teoriza, y a su vez reivindica a Herbert Marcuse y Wilhelm Reich entre otros, considerados muchas veces como psicoanalistas apócrifos del corpus doctrinal por los del segundo grupo, que evidencian un psicoanálisis, hoy por hoy, fraccionado en distintas instituciones que hacen decir a Freud lo que para cada caso es más conveniente. Estos son los más escandalizados con una crítica que es poderosa en tanto sirve como herramienta para poner en duda lo instituido. Algunos volvieron al psicoanálisis su negocio y buscaron en su creador, post mortem, un sello de autenticidad. Desde la muerte del fundador, las pujas por legitimar cuál sería el verdadero psicoanálisis no cesaron y llevan ya dos o tres generaciones de involucrados. Con la hegemonía del psicoanálisis de corte lacaniano, desde Alain Miller, yerno de Jacques Lacan, contestando en 2006 al Libro negro del psicoanálisis con su
Anti-livre noir de la psychanalyse, hasta Roudinesco en su tibia respuesta a Onfray, quienes se presentan como defensores de Freud no son psicoanalistas que se jacten de ser freudianos sino que su papel de interlocutores busca cortar de raíz cualquier movimiento crítico que, en un futuro, les pueda representar peligro. Quizás en un próximo libro el ateólogo les dé más motivos para estar inquietos, pero lo cierto es que aquí se mete sólo con Freud.
Esta última obra onfrayniana está dedicada a Diógenes de Sinope. Al igual que el cínico griego, el filósofo francés invita a despojarse de lo innecesario como, en su caso, hace con Freud (con quien en un primer momento se sintió deslumbrado). Despojarse de las certezas y reivindicar la duda es un requisito necesario de toda disciplina. Sin negros ni blancos, sin bandos, sin malos ni buenos. En esa dirección se mueve Onfray.