http://tiempo.infonews.com/2012/08/12/suplemento-cultura-83297-las-mil-caras-del-hombre-murcielago.php
La presencia cultural de Batman como ícono pop es un hecho que no pasa inadvertido a nadie que, en este mundo globalizado, haya vivido en el "aquí occidental" en algún momento de los últimos 70 años, a partir de la creación del cómic, en Estados Unidos, en 1939. Desde entonces el símbolo del murciélago con fondo amarillo se convirtió en una marca de estereotipia superheroica, posibilitando un universo comercial, saltando del cómic a la televisión, después a la pantalla grande y de allí a todos lados, a partir de la masivización que habilitó la versión cinematográfica de principios de los noventa.
Hubo y hay tantos hombres murciélagos como quienes tomaron en sus manos el arte en torno al enmascarado. En el imaginario conviven de manera no contradictoria, principalmente, las versiones surgidas a partir de la pantalla de los distintos batmen que, de tan diferentes, podrían constituir cada uno un personaje singular: Vale destacar el murciélago que protagonizó Adam West en la serie televisiva de los '60 que, enmarcado en un estética camp, surfeaba y bailaba además de combatir al crimen, y que abrió la puerta a la primer batmanización comercial. En 1989, Tim Burton con su estilo característico plasmó un Batman más oscuro y adulto que, con Michael Keaton como protagonista y con Jack Nicholson como Joker, terminó de asentar al personaje como ícono cultural, dando lugar a una secuela también bajo su dirección y abriendo el camino a otras dos olvidables películas, una de las cuales lo tuvo como productor, empezando la década de los '90 con ganancias para las empresas Wayne (Bruce Wayne es el multimillonario detrás de la máscara) pero terminándola con un personaje devaluado, convertido en un vacío producto hollywoodense.
La última posta cinematográfica la tomó el inglés Christopher Nolan, quien en 2005 estrenó un Batman encarnado por Christian Bale, que se iniciaba en su carrera contra el crimen y reiniciaba la franquicia desde cero para acercarse más a los comics modernos, siendo respetuoso de los verdaderos fans, consiguiendo por resultado a un héroe que toma una profundidad y una coherencia que alcanza su máximo esplendor con la secuela del Caballero Oscuro, donde Heath Ledger funciona de contrapunto perfecto, inmortalizando su carrera en su papel de Joker. Tanto Batman Begins como –y en especial– The Dark Knight obtuvieron cifras monstruosamente grandes para la Warner Bros, alcanzando recaudaciones hasta entonces jamás logradas por películas de superhéroes, y esto sin tener en cuenta la tercera parte de la saga, que se estrenó en Argentina el 26 de julio y sobre la cual aún no se barajan cifras debido a los sucesos que opacaron su lanzamiento mundial. Además de como cierre, The Dark Knight Rises (“El Caballero de la noche asciende”, en Latinoamérica), será recordada como la película en la cual un hombre armado, vestido con ropa militar, entró a una sala de Denver, Colorado, mimetizándose entre los fans disfrazados, sin llamar la atención de nadie, desatando una masacre con una docena de muertos y unos 50 heridos durante la primera función de la cinta, algunos minutos después de que comenzara. Entre los estruendos de disparos y las granadas de humo arrojadas por James Holmes (el doctorando en neurociencias responsable de los hechos), varios de los presentes tardaron entender la situación, creyendo incluso que se trataba de un show con motivo del estreno.
Tras la detención de Holmes, la venta de armas en los Estados Unidos se incrementó en un 40%; hecho llamativo que, en proporción, no generó tantas notas en los medios como sí lo hizo la supuesta responsabilidad de la “violencia en las películas”; suponiéndose así que las causas de ciertos comportamientos sociales deben buscarse mucho más allá de lo evidente, en una sociedad donde la NRA (National Rifle Association) tiene un peso importantísimo, siendo incluso uno de sus miembros candidato a vicepresidente de los Estados Unidos en 2008 (la republicana Sarah Palin, acompañando a McCain). Adjudicarle a los personajes o a los films de acción la responsabilidad de sucesos de tal magnitud termina por no explicar nada; ese razonamiento, corriéndolo unos grados, podría incluir en su conjunto a Harry Potter o la saga de Crepúsculo, cayendo en fundamentalismos sin sentido.
Batman no usa armas de fuego, ese es el límite ético del personaje, y no mata sino como último recurso, siendo todos los films fieles a ello. La relación comics-sociedad permite muchas líneas de análisis, pero entre ellas debe desestimarse la que lleva a pensar a los superhéroes como agentes de la violencia, ya que antes que eso podría destacarse –por ejemplo– la acción propagandística de las historietas en ciertos contextos políticos como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría o la Invasión a Irak, funcionando los personajes, más bien, como agentes normativizadores del orden interno.
La pregunta que podría surgir entonces, habiendo pasado tantos años desde la creación del personaje de Batman, es si puede hablarse de una misma y única entidad del hombre murciélago, si encarna un único conjunto de valores, si se presta –social, política y culturalmente hablando– a un único y mismo fin. La trilogía de Nolan pone en juego muchos matices al respecto, mostrando un personaje que persigue a los criminales pero también resulta acechado por la policía, que acepta ser injustamente incriminado para proteger órdenes simbólicos superiores, que entiende su existencia como una función social necesaria pero no exclusiva de sí mismo. El director abre el juego para pensar al héroe como lo que todo héroe es: una figura que se presta a múltiples exégesis, dependiendo de quién se tome el trabajo de interpretarlo, mostrando que antropológicamente, el héroe bíblico o el héroe griego no se diferencian en mucho del héroe creado en la modernidad, como producto editorial, que la diferencia es sólo nominal, por el prefijo al que se adosa (superhéroe), prestándose a múltiples hermeneusis como toda obra, al igual que un mito o leyenda.