Dilema para bibliófilos: cómo obtener placer de un libro sin cuerpo
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LA ERÓTICA DE LOS LIBROS DIGITALES
De los objetos de nuestra vida cotidiana, pocos condensan tanta complejidad como el libro. Dicha herramienta es mucho más que el medio o soporte a través del cual una idea o un cúmulo de datos pasan de la mente de su gestor a la del lector. Al decir de Borges, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación, y esa característica lo distingue de otros instrumentos de nuestra cultura. La capacidad material del hombre para volver a su universo físico y simbólico algo comunicable, reproducible y catalogable –por elegir unas pocas virtudes cacofónicas– encuentra una de sus formas más acabadas en este objeto, convirtiendo una cantidad determinada de tinta y páginas en un tesoro cultural inmenso. Aunque circule en el imaginario social como un bien de consumo intelectual, el libro, en tanto resultado de un proceso editorial, llega a nuestras manos con un plus que se inscribe en el plano afectivo; sirva de prueba el cariño que uno tiene por ciertos ejemplares. Los motivos de esa bibliofilia son disímiles; quizás un título fue el elegido por nosotros como compañero de viaje, o el afecto se deba a que nos lo regaló alguien especial. Los causales desafían cualquier lógica que esté basada en el contenido del libro, y a la vez sería imposible trazar una distinción precisa entre las palabras, la impresión de estas en el papel donde se plasman, las sensaciones de la lectura, las hojas como soporte aprisionadas en dos tapas y la liberación mental que genera un texto revelador. Lo material del libro se funda entonces con el contenido que encierra y, a su vez, este se enlaza con un abanico infinito de cuestiones circunstanciales, personales, azarosas, aportadas por la subjetividad del lector y su contexto. Descomponer en partes, expositivamente, todo aquello que hace a los libros no es más que plantear la pregunta sobre la biblo-essentia: ¿la esencia reside en lo circunstancial, en lo manifiesto del libro; o es, por el contrario, aquel núcleo ideal existente más allá de toda manifestación temporo-espacial? Dicho con otras palabras: ¿el libro es aquel objeto en mi biblioteca que puedo agarrar para leer y subrayar, o –por el contrario– son las letras que conforman la obra, trascendiendo lo puntual de una edición y el trato que le den las manos que lo sacan del estante? Estas preguntas, traspolables a cualquier objeto que se preste a la discusión filosófica entre aristotélicos y platónicos, cobran cada vez mayor profundidad a la luz de nuevos soportes, como son los denominados e-readers, que reinventan y reinauguran las concepciones bibliológicas tradicionales y nuestra forma de relacionarnos con los contenidos. Gracias a las pantallas y prescindiendo por ellas del papel, tomó por primera vez forma, hace ya varios años, la tríada hombre-computadora-escritura. A través de la pantalla que media la experiencia y que –según el sociólogo Manuel Castells– se convierte en la experiencia misma, la relación con lo escrito cobra una nueva dimensión en donde el objeto físico libro se desvanece, siendo absorbido, convertido en puro texto, en un detrás-de-la-pantalla. Habiendo pasado varias décadas de esta primera forma de mediación, el mercado hoy desembarca en las vitrinas argentinas con los denominados e-readers. Si bien esta tecnología tiene unos cinco años de vida, en nuestro lado del globo está tomando mayor peso recién en el último tiempo. Estas máquinas lectoras de libros están compuestas por una pantalla electroforética, comúnmente llamada de tinta electrónica, la cual fusiona libro y pantalla en un material que no es una clásica pantalla pero tampoco es papel: a diferencia de las tradicionales, la de estos dispositivos es opaca y no refleja la luz ambiental; además consumen muy poca energía, por lo cual pueden volver autónomo, por casi tres semanas, al aparato. Contando algunos modelos con conexión wifi y permitiendo también señalar y guardar lo importante del texto, las facultades de estos dispositivos los hacen ganar cada vez más terreno entre los lectores, quienes ahora pueden cargar en su equipaje cientos de libros de manera digital, almacenándolos en una única y liviana pieza de ingeniería electrónica. En una paradoja sólo aparente, uno de los máximos impulsores de este tipo de tecnología es el máximo vendedor de libros por Internet, el portal Amazon, que al fomentar el desarrollo de estos soportes consigue vender libros digitales para ser leídos sobre estos artefactos que, mayoritariamente, también serán vendidos por la misma empresa, puesto que, hoy por hoy, los e-readers de Amazon, llamados Kindle, son los primeros en ventas, liderando el mercado por encima de los productos Sony o BQ. Todavía es muy pronto para saber el alcance y la hondura que los e-readers tendrán como objetos en la cultura. Sería apresurado suponer una futura extinción del libro de papel y hueso frente a los lectores digitales pero es innegable el avance que esta nueva tecnología va tomando. Las preguntas sobre qué prevalecerá o sobre qué formato es mejor o más cómodo probablemente vayan contestándose poco a poco, año a año, en el futuro inmediato. Lo cierto es que aquellos interrogantes que excedan el hábito intelectual se imbricarán sobre la esfera afectiva: ¿es posible experimentar cariño, sentir afecto, por un libro que toma existencia al ser reproducido sobre la misma pantalla que otros?, ¿qué erótica, qué sensaciones, posibilita la mediación y la invisibilización de un objeto, ahora vuelto genérico e inespecífico? Todo objeto tiene la virtud de volverse fetiche, de volverse parte de la vida emocional, aun los incorpóreos, o eso es al menos lo que puede intuirse frente al hecho de que, habiéndose reducido considerablemente la costumbre del envío y la recepción de aquel tipo de cartas escritas en clave afectiva, en la actualidad existe gente que guarda mails del mismo tenor en sus casillas. Cada objeto, cada soporte, es testimonio de su tiempo. Si Theodor Adorno y Tomas Mann hubiesen nacido más entrado el siglo, quizás hoy podríamos contar con un libro que publicara sus intercambios de mails. Sería una necedad desestimar dicha posibilidad, aun cuando en el imaginario social todavía puje la sensación, cada vez menos intensa, de que una publicación de correspondencia postal sería más real o verdadera que aquella sobre un intercambio virtual. El libro sobre un intercambio de mails será testimonio de aquí al futuro. Testimonio a ser leído, quizás, en un e-reader.
LA ERÓTICA DE LOS LIBROS DIGITALES
De los objetos de nuestra vida cotidiana, pocos condensan tanta complejidad como el libro. Dicha herramienta es mucho más que el medio o soporte a través del cual una idea o un cúmulo de datos pasan de la mente de su gestor a la del lector. Al decir de Borges, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación, y esa característica lo distingue de otros instrumentos de nuestra cultura. La capacidad material del hombre para volver a su universo físico y simbólico algo comunicable, reproducible y catalogable –por elegir unas pocas virtudes cacofónicas– encuentra una de sus formas más acabadas en este objeto, convirtiendo una cantidad determinada de tinta y páginas en un tesoro cultural inmenso. Aunque circule en el imaginario social como un bien de consumo intelectual, el libro, en tanto resultado de un proceso editorial, llega a nuestras manos con un plus que se inscribe en el plano afectivo; sirva de prueba el cariño que uno tiene por ciertos ejemplares. Los motivos de esa bibliofilia son disímiles; quizás un título fue el elegido por nosotros como compañero de viaje, o el afecto se deba a que nos lo regaló alguien especial. Los causales desafían cualquier lógica que esté basada en el contenido del libro, y a la vez sería imposible trazar una distinción precisa entre las palabras, la impresión de estas en el papel donde se plasman, las sensaciones de la lectura, las hojas como soporte aprisionadas en dos tapas y la liberación mental que genera un texto revelador. Lo material del libro se funda entonces con el contenido que encierra y, a su vez, este se enlaza con un abanico infinito de cuestiones circunstanciales, personales, azarosas, aportadas por la subjetividad del lector y su contexto. Descomponer en partes, expositivamente, todo aquello que hace a los libros no es más que plantear la pregunta sobre la biblo-essentia: ¿la esencia reside en lo circunstancial, en lo manifiesto del libro; o es, por el contrario, aquel núcleo ideal existente más allá de toda manifestación temporo-espacial? Dicho con otras palabras: ¿el libro es aquel objeto en mi biblioteca que puedo agarrar para leer y subrayar, o –por el contrario– son las letras que conforman la obra, trascendiendo lo puntual de una edición y el trato que le den las manos que lo sacan del estante? Estas preguntas, traspolables a cualquier objeto que se preste a la discusión filosófica entre aristotélicos y platónicos, cobran cada vez mayor profundidad a la luz de nuevos soportes, como son los denominados e-readers, que reinventan y reinauguran las concepciones bibliológicas tradicionales y nuestra forma de relacionarnos con los contenidos. Gracias a las pantallas y prescindiendo por ellas del papel, tomó por primera vez forma, hace ya varios años, la tríada hombre-computadora-escritura. A través de la pantalla que media la experiencia y que –según el sociólogo Manuel Castells– se convierte en la experiencia misma, la relación con lo escrito cobra una nueva dimensión en donde el objeto físico libro se desvanece, siendo absorbido, convertido en puro texto, en un detrás-de-la-pantalla. Habiendo pasado varias décadas de esta primera forma de mediación, el mercado hoy desembarca en las vitrinas argentinas con los denominados e-readers. Si bien esta tecnología tiene unos cinco años de vida, en nuestro lado del globo está tomando mayor peso recién en el último tiempo. Estas máquinas lectoras de libros están compuestas por una pantalla electroforética, comúnmente llamada de tinta electrónica, la cual fusiona libro y pantalla en un material que no es una clásica pantalla pero tampoco es papel: a diferencia de las tradicionales, la de estos dispositivos es opaca y no refleja la luz ambiental; además consumen muy poca energía, por lo cual pueden volver autónomo, por casi tres semanas, al aparato. Contando algunos modelos con conexión wifi y permitiendo también señalar y guardar lo importante del texto, las facultades de estos dispositivos los hacen ganar cada vez más terreno entre los lectores, quienes ahora pueden cargar en su equipaje cientos de libros de manera digital, almacenándolos en una única y liviana pieza de ingeniería electrónica. En una paradoja sólo aparente, uno de los máximos impulsores de este tipo de tecnología es el máximo vendedor de libros por Internet, el portal Amazon, que al fomentar el desarrollo de estos soportes consigue vender libros digitales para ser leídos sobre estos artefactos que, mayoritariamente, también serán vendidos por la misma empresa, puesto que, hoy por hoy, los e-readers de Amazon, llamados Kindle, son los primeros en ventas, liderando el mercado por encima de los productos Sony o BQ. Todavía es muy pronto para saber el alcance y la hondura que los e-readers tendrán como objetos en la cultura. Sería apresurado suponer una futura extinción del libro de papel y hueso frente a los lectores digitales pero es innegable el avance que esta nueva tecnología va tomando. Las preguntas sobre qué prevalecerá o sobre qué formato es mejor o más cómodo probablemente vayan contestándose poco a poco, año a año, en el futuro inmediato. Lo cierto es que aquellos interrogantes que excedan el hábito intelectual se imbricarán sobre la esfera afectiva: ¿es posible experimentar cariño, sentir afecto, por un libro que toma existencia al ser reproducido sobre la misma pantalla que otros?, ¿qué erótica, qué sensaciones, posibilita la mediación y la invisibilización de un objeto, ahora vuelto genérico e inespecífico? Todo objeto tiene la virtud de volverse fetiche, de volverse parte de la vida emocional, aun los incorpóreos, o eso es al menos lo que puede intuirse frente al hecho de que, habiéndose reducido considerablemente la costumbre del envío y la recepción de aquel tipo de cartas escritas en clave afectiva, en la actualidad existe gente que guarda mails del mismo tenor en sus casillas. Cada objeto, cada soporte, es testimonio de su tiempo. Si Theodor Adorno y Tomas Mann hubiesen nacido más entrado el siglo, quizás hoy podríamos contar con un libro que publicara sus intercambios de mails. Sería una necedad desestimar dicha posibilidad, aun cuando en el imaginario social todavía puje la sensación, cada vez menos intensa, de que una publicación de correspondencia postal sería más real o verdadera que aquella sobre un intercambio virtual. El libro sobre un intercambio de mails será testimonio de aquí al futuro. Testimonio a ser leído, quizás, en un e-reader.




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Pero el verano pasado tuve la oportunidad de ver un Kindle (aún no habían llegado a España), y realmente he de reconocer que me enamoró el concepto por una simple cuestión: la pantalla no es brillante, está hecha de tinta electrónica, y la sensación es la misma que si uno leyera un libro normal. Es decir, no cansa a la vista.
Claro, siempre hay quien habla del olor de los libros: yo soy un romántico de tener libros en formato físico. Y discos. Y películas. Y prefiero infinitamente tener un libro que un archivo informático. Sí. Pero hay que admitir lo que aporta el aparato: por la cantidad de libros que uno puede transportar, así como por la calidad con la que se pueden leer.
Sé que seguiré comprándome libros, y aunque el Kindle sea como beber refrescos light, me parece una gran aportación más allá de modas. Sobretodo si conseguimos que muchos libros que no están ahora mismo editados en formato físico -porque están fuera de catálogo-, estén disponibles en formato electrónico. Eso sí sería un gran avance.
Enigmas y Misterios
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